El lugar era inhóspito, desértico, casi fantasmal, por lo que de inmediato lo asocié al Cómala de Pedro Páramo y repentinamente me sentí como Juan Preciado, quien murió por cierto a como mueren los muertos de miedo. Yo no sé cómo fue exactamente la cosa, pero cuando llegué al lugar, miré a Dios y toqué su rostro de plata con las manos sucias en un enorme cerro de plata, parecido al Monte Sinaí, pero transformado en una inmensa montaña de plata, había tanta plata ahí que sin mentirte podías construir un puente de pura plata desde donde me encontraba hasta tocar el puente de Londres, y darte el lujo de pasar tapizando el Támesis y después bañar de plata la torre de los cuervos y luego fundir más plata para la campana de la Torre de Londres y con lo que te sobrara todavía podías crear un hilo de plata para ir a dar una vuelta por Liverpool, Alemania, Francia y Moscú.
A como decía mi abuelo Benjamín Patter, quien era pintor renacentista: —El que tiene plata plática mijo, y el que tiene oro manda aquí y en la conchinchina—. Yo la verdad nunca me había imaginado que un día existió un paraíso de plata para los españoles en el Nuevo Mundo, en donde todo lo que brillaba era plata, es decir, las casas de los colonos, las iglesias, los lupanares, muladares, y calles estaban revestidos de plata, y hasta los arneses y espuelas de los caballos eran de plata, también las armas de fuego, los cuchillos y blasones son de plata pura. La plata es tan abundante en este lugar que hasta la iglesia tiene santos de plata y el retablo de la catedral es toda de plata por lo que han tenido que agregar a las letanías a nuestra Señora de la Plata de Potosí la palabra Plata: …. Espejo de Plata, ruega por nosotros, Casa de Plata, ruega por nosotros, Vaso espiritual de plata ruega por nosotros, Estrella de plata de la mañana ruega por nosotros, Torre de Potosí ruega por nosotros, Torre de oro y plata ruega por nosotros… ¿me entendés lo que te digo fray Bartolomé de las Casas?
Inopinadamente, del Reino de Plata de Dios, pasé al inframundo de Plata también y cencerro, el perro dantesco de tres cabezas se encontraba amenazante en la entrada de una mina, pero cuando se dio cuenta de mi cuerpo espiritual se alejó de mí, al entrar el Conquistador Torquemada me mostró el Aqueronte o el río de dolor de más de ocho millones de cadáveres indígenas sin alma y sin Plata, ya que en realidad esos ocho millones de indios —nos dijo el maldito— eran tan solo animales, aunque a decir verdad la Corona y la Santa Inquisición se encontraban aún esperando la bula del papa Pablo III para definir la humanidad de los mal llamados hombres —nos terminó diciendo mientras ponía en movimiento a través de su látigo la Mita o la máquina trituradora de indios manejada por dos negros mandingas quienes daban vuelta al trapiche moliendo la carne la sangre y los huesos de los cuerpos sin anima, mientras en el adusto cielo boliviano el cóndor pasó en señal de mal augurio.
Yo de inmediato me alejé muy consternado de aquel inhumano infierno de plata, oro, estaño y mercurio que el hombre renacentista había establecido en aquel hermoso paraje latinoamericano
Preguntándome ¿quién fue en realidad el verdadero animal en el estercolero humano que provocó la Conquista al Nuevo Mundo?, tan solo tuve que despertar de mi desdoblamiento para darme cuenta de que los indios han padecido y padecen —síntesis del drama de toda América Latina— la Maldición de su Propia Riqueza.
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