Un poco antes del cruce de la Carretera Sur y el kilómetro cinco, el taxista Juan Cajina recogió al que sería el último pasajero de la noche. Eran las once, se encontraba muy cansado después de trabajar horas extras para ganarse unos pesos más. Se detuvo ante un joven que le hizo señas en una esquina. Alto, moreno, pelo largo liso recogido en una pequeña cola de caballo. Iba vestido de bluyín, camiseta y zapatos tenis.
—Preguntó con cara de pocos amigos:
—¿Por cuánto me lleva al Bar Volver en Linda Vista?
Linda Vista estaba bastante cerca. Por ser casi medianoche Juan pidió una tarifa bien alta: —Es muy tarde y por aquí ya no pasan taxis agregó. El conductor revisó al hombre de arriba abajo, se cuidaba mucho de peligrosos delincuentes que
asaltaban a los taxistas, pero este hombre no le dio mala espina.
—Está bien, respondió el pasajero y se introdujo en el carro por la puerta trasera.
Algunas cuadras después dijo en voz alta algo alterada:
—Apurate, voy a ver a varias personas y acabo de ver pasar a uno de ellos.
—¿Algún amigo suyo? Preguntó Juan Cajina?
—Sí, pero son dos los que me están esperando, contestó.
—Faltando unas pocas cuadras para entrar al barrio, el pasajero le ordenó al taxista:
—No se detenga hasta que yo le diga.
En una cuadra cercana vieron unas letras rojas de neón que anunciaban: Bar Volver, el taxista se acercó lentamente a la acera pero el pasajero le gritó:
—¡Todavía no!
—¡No ve que no hay nadie en la puerta¡ dijo.
A continuación exclamó:
—No han llegado aún, mejor demos una vuelta a la manzana.
El conductor se asustó, pensó que al desconocido le pasaba algo, a lo mejor iba drogado o era un loco pensó, recordó que lo había recogido en un barrio cercano a un manicomio. Decidió seguir sus órdenes y dio una vuelta a la manzana. Al regresar a la calle del bar, el pasajero sacudió los hombros del taxista con manos frías, sudorosas.
—¡Ya llegaron deténgase! ¡Ya están aquí!
Pálido sin comprender, el taxista no veía a nadie. Pero de pronto el pasajero abrió la puerta rápidamente, se bajó del carro y entró al bar junto a dos grandes animales: un par de perros azules parados en dos patas.
Aterrado el conductor apretó el acelerador a fondo hasta salir huyendo a otras calles, condujo sin parar hasta su casa.
Tiempo después el mismo taxista aseguraba a unos amigos con toda seriedad el extraño suceso diciendo todavía temeroso:
¡Eran azules y en dos patas! ¡Yo también los vi!
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