Poesía es todo lo que existe. Es la vida misma, tanto fuera como dentro de nosotros. El poema es un fenómeno de transformación de la poesía hacia la palabra, y de esta a la comunicación oral. Los poetas —seres hipersensibles para captar el fenómeno poético, es decir sus propias emociones frente al suceso acaecido en el mundo exterior o interior— concretizan la poesía a través del poema y la hacen comprensible y referencial.
Comprensible en cuanto puede ser percibida, aceptada o rechazada, como la manifestación de una experiencia emocional que va a permanecer en la memoria emotiva de quien la lee o escucha, y referencial porque puede ser recordada por todos a través del tiempo. Percibir la poesía es un don. Convertirla en poema es virtud.
La llamada Generación Traicionada no fue en el fondo una rebelión contra el modernismo ni contra el post-modernismo, sino contra la vanguardia y su conservadurismo canónico disfrazado de liberalismo social y terminó siendo fascismo tropical.
Sin embargo, los “traicionados” utilizaron métodos vanguardistas en sus publicaciones, yendo más allá en sus planteamientos y convirtiéndose así en ultra-vanguardistas. Toda esta estridencia literaria tenía en su principio su propio fin. Y la poesía nicaragüense regresó a su cauce: un individualismo fecundo y muy diferenciado.
Edwin Yllescas, “naufragante y desterrado”, en medio de ese desordenado marasmo de los movimientos literarios se destaca por su fidelidad al rigor expresivo, claridad en el decir y en el cómo decir, aprendido desde temprano —junto a sus contemporáneos de los sesenta— en las lecturas de los clásicos griegos y latinos.
Yllescas, al igual que Góngora citado antes, se refiere en sus poemas a una “enemiga amada”, lo cual tiene una doble interpretación: La inveterada huidiza de todos sus poemas, o el “hermano enemigo” de Baudelaire: el lector. Edwin Yllescas es un poeta sin miedos. Es una especie de Ulises desatado del mástil, que se entrega a las enfurecidas sirenas de la crítica sin asco.
Es contestatario, como O. Paz que solo sabía decir “no” o “pero, no”. Yllescas tuvo que acudir a la imagen de un ángel (“Mordisco del Ángel”) para definir la simbología de su planteamiento poético, pero siempre con la duda de que el aparecido (el ángel) no fuera Lucifer. ¿O, lo era? La densa interioridad de Edwin es como un periscopio a través del cual observa al universo.
Su inquieta inteligencia, desde ahí, analiza, critica, enjuicia, sermonea y desdeña. Su forma de amar, según se colige de sus poemas, no es a través de llamadas, ofertas y promesas, sino de reclamos o en el peor de los casos de desdenes. Todo esto se traduce en una intensa y desordenada pasión. En estos poemas no hay requiebros, hay re-quiebres.
Mijail Bakhtin creó el concepto de cronocopio, que define el lugar y el tiempo de un poema, ¿en qué ambiente, momento de la historia fue escrito? El problema consiste en que muchas veces el poema está fuera del tiempo y de las circunstancias en que fue creado. Su tiempo es su lugar. Y su lugar es su tiempo. Un lugar y un tiempo intensos, no definibles para la crítica, materia abstracta, pero real para la poesía. Edwin Yllescas ha pretendido mantener su poesía en la intemporalidad, sin referencias, nombres, fechas, circunstancias, solo intertextualidades bien digeridas, como la cuerda tensa de una guitarra que queda vibrando en el tiempo.
Darío fue intemporal hasta el poema a Madame Lugones donde aparecen por primera vez, en su obra referencias ambientales inmediatas (automóviles, aeroplanos, lugares) que nos permitan ubicarlo en el lugar y el tiempo. Tal vez por eso Julio Valle afirma que es ahí, en ese poema, donde se inicia la poesía moderna.
En el otro extremo está Ernesto Cardenal. Referencial de principio a fin, intertextos, nombres, fechas, estadísticas, extractos de textos científicos, cronistas de todos los tiempo, etc. Tan válida una poesía como la otra. Después de todo, ambas propuestas poéticas terminan siendo testimonios de vida, que eso son los poemas. “O tempora, o mores”.
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