A las 6:20 de la mañana, Beymar Ortiz, de 28 años, caminaba hacia la casa de su mamá cuando de repente escuchó: ¡Cuidado con el hoyo! En ese momento sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies y caía sin apenas entender lo que sucedía. Era un manjol abierto por la reciente lluvia. La mochila que cargaba llena de ropa amortiguó el golpe, sin embargo, no evitó que sufriera una grave lesión en la columna.
Cayó unos tres metros y el agua empezó a ahogarlo. Gritó. Gritó con todas sus fuerzas para que lo ayudaran, pero todo lo que escuchó fue: “Esperate, aguantate”. Era la misma voz del hombre que le había advertido del hoyo. Estaba sofocado. El agua lo asfixiaba y del golpe empezaba a quedarse sin respiración. Quería voltearse, pero las piernas no respondían. Su columna había tomado una forma de “caparazón de tortuga”.
A punta de brazos entonces empezó a levantarse y a revolcarse. Más y más gente iba acercándose al hoyo, pero nadie lo ayudaba. De repente le gritaron que había una escalera, la encontró y empezó a subir colgándose de cada barra. Sus piernas prácticamente se mecían de un lado a otro, pues seguían sin reaccionar.
Cuando logró salir, su tío Moisés, hermano de su mamá, lo ayudó. Lo llevaron al Hospital Regional Santiago de Jinotepe y tras unos días fue trasladado al Hospital Antonio Lenín Fonseca, donde está recuperándose de la operación. Y con incertidumbre, pues aún no sabe si podrá caminar otra vez, Beymar es no vidente, pero eso no le ha impedido ser independiente y alcanzar cuantas metas se ha propuesto. Hoy sigue demostrando que un golpe así derriba a cualquiera, pero no a él.
UNA LUCHA DE VIDA
La habitación es pequeña. Hay unos seis pacientes alrededor: uno con la pierna cubierta de yeso. Otro simplemente acostado y comiendo. Los demás adoloridos, sentados o recostados prestan atención a Beymar, quien desde que llegó se ha vuelto el “alma del cuarto”, expresan sus compañeros.
—Mamá, moveme por favor que ya no aguanto —pide. No puedo estar en esta posición.
Contrae los músculos de su rostro en una mueca de dolor.
Doña Alba se acerca a él e intenta moverlo.
—Ahhhh —se queja.
—Ya está amor —lo consuela ella.
El dolor es aparentemente insoportable. Pero ¿cómo no iba a serlo? Una mochila llena de ropa no fue suficiente para evitar la fractura de la primera vértebra de la columna de Beymar, quien empieza a contar el momento de su accidente con tranquilidad, mientras todos en la sala escuchan su historia sin inmutarse…
Una semana después de nacido Beymar Eugenio, doña Alba Ortiz supo por los médicos que su hijo había nacido ciego. Su papá y la familia de este le dieron la espalda. Lo discriminaron. Lo abandonaron. Decían que él no era de su familia solo por ser ciego.
Doña Alba trabajaba en el Banco Nacional en ese entonces y tuvo que ingeniárselas para cuidar a su hijo y trabajar para mantenerlo. “A veces a él iban a operarlo y yo tenía que cuidarlo. Entonces, faltaba al trabajo y después hacía horas extras, trabajaba los domingos. Hacía todo por Beymar”, dice doña Alba, quien parece observar una burbuja de recuerdos mirando hacia la nada, mientras sujeta en sus manos las fotos de su hijo.
Con los esfuerzos y la lucha de su mamá lo operaron cuando tenía 5 años. Y logró ver. “Lo primero que yo vi fue el rostro de mi mamá. Me sentí alegre, pero confundido y extrañado, porque yo estaba entrando a otro mundo”, cuenta. A los 8 años ingresó al Centro Nacional de Oftalmología y seguidamente le hacían trasplante de esclera para que continuara viendo. Pero a los 13 años se le desprendió la retina del ojo derecho. El lente intraocular le desbarató todo. Y a los 16 le sucedió lo mismo con el izquierdo. “Me lo reconstruyeron en México, pero me metieron aceite de silicón y eso me quemó la córnea”, cuenta.
Cuando estaba pequeño Beymar sufrió toda clase de ofensas y burlas por su condición. Le decían “bizco, cuatro ojos” y cuantos apodos crueles podían ocurrírseles a sus compañeros. Una vez incluso llegaron a decir que no se le acercaran, porque podían quedar ciegos, como él. Pero eso jamás ha presentado un obstáculo para salir adelante, pues en Carazo, donde habita, se ha vuelto todo un personaje, identificado y admirado por sus ganas de luchar y superar las complicadas situaciones que la vida le ha puesto.
EL FAMOSO CIEGO DE CARAZO
“Impacto América”, dice un joven moreno y alto, con unas pesadas y gruesas rastas al mejor estilo de Bob Marley, mientras se mueve al ritmo de una bachata que el público tararea. Lo acompañan tres más en el escenario. Todos son ciegos. Dos pianos y tres micrófonos son suficientes para que la música llene el ambiente. Beymar es vocalista del grupo musical Impacto América. Estudia Música en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua), junto con Manuel Sánchez, percusionista y miembro del grupo.
Desde siempre Beymar ha sido curioso, le gusta aprender a hacer de todo y a ser independiente. “Él no va a bajar la guardia”, dice Manuel, quien lo conoce desde hace más de cinco años. “Pero aun así, en silla de ruedas nos vamos a lanzar a cantar. No voy a dejar que esto me detenga”, dice Beymar.
A los 21 años entró a la organización de ciegos María Elena Toledo y se integró al Centro Educativo y de Formación para Personas Ciegas, ahí aprendió a hacer canastas de perfil plástico, a enjuncar sillas, aprendió Braille, aprendió movilidad y agilidad.
Después, por parte de la organización de ciegos en Carazo aprendió a hacer hamacas, las cuales vendía en el mercado de Jinotepe. También estudió Computación en la organización Maricela Toledo. Se instruyó para hacer masajes relajantes en el instituto Cecna en Managua y en el 2009 integra el grupo musical Impacto América, constituido solo por ciegos. Ingresó al mercado municipal de Jinotepe y empezó a vender sus propias canastas y artesanías; ahí empezó con trescientos córdobas invertidos en bisutería: pulseras, anillos, llaveros y chapas.
En el 2011 se ganó una beca para estudiar Inglés en la Academia de Idiomas, aprobó seis niveles con un promedio de 92 por ciento. “He crecido vendiendo, cantando, haciendo masajes relajantes, sé coser zapatos, yo cocino, lavo, plancho, yo limpio mi casa. Soy independiente. A mí no me gusta andar pidiendo”, afirma Beymar. A él le gusta hacer reír a la gente. Trabajó con un payaso animando en diferentes eventos. Además ganó un festival de canto en el Puerto Salvador Allende con una canción de rap que compuso llamada Discriminación .
DISCRIMINACIÓN
Atento a la historia como todos los demás está Manuel Sánchez, compañero de Beymar en el grupo musical sentado en la camilla junto a él. Desde que está hospitalizado Beymar ha recibido el apoyo económico y emocional de muchas personas que comparten su misma condición. “Vino a visitarme Luis Manuel Alonso, él es un ciego al que le pasó lo mismo que yo: se fue en un hoyo y quedó en silla de ruedas (…). Pero a él lo empujaron. Los ciegos salimos a la calle y nos exponemos a todo. A la grosería y la discriminación”, cuenta el joven cantante.
Sin embargo, esto nunca le ha molestado. “Yo le agradezco a las personas que me han discriminado, porque me han hecho fuerte. Es cierto, yo soy ciego porque no miro, pero ellos son ciegos espirituales, porque no se dan cuenta que una persona es mucho más de lo que puede ver”, dice el joven Beymar, quien enciende su teléfono, reproduce una pista musical y empieza a cantar: “Discriminación, ¿qué está pasando con la humanidad?/ ¿Por qué unos a otros nos tratamos con tanta crueldad?/ La maldad a nada te va a llevar/ dejemos de actuar con tanta frialdad…”
SU SUPERACIÓN
Doña Alba Ortiz no tiene descanso. Ha dedicado los días y las noches a cuidar a su hijo. “Yo estoy orgulloso de ella”, dice Beymar, mientras está acostado en la cama del Hospital Antonio Lenín Fonseca. Inmóvil. Luego calla. Conmovido. “No es cualquiera la que hace eso. Ella no me botó por ser ciego. Se dispuso a sacarme adelante para que pudiera ver y ahora para que vuelva a caminar”, expresa.
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