Mientras haya un niño corriendo detrás de un balón, hay esperanzas de un nuevo inicio para el futbol, que después de ser secuestrado por la codicia de sus dirigentes, fue convertido en una mercancía carísima y cada vez más distante de su esencia.
El gestor de esa variante, Joseph Blatter, ha decidido apartarse, acorralado por la presión de los patrocinadores y del brazo de la justicia que está por alcanzarlo, pero sobre todo, porque es el responsable del deterioro de la imagen de la FIFA.
Discreto como jugador de futbol, Blatter creció a toda velocidad tras echar mano de sus habilidades políticas, su capacidad para cabildear con gente de distintas etnias y creencias opuestas, pero sobre todo, por su fascinación por el poder y el dinero.
Cuando asumió el mando de la FIFA el 8 de junio de 1998, el organismo rector del futbol no tenía más de 15 empleados. Al concluir el Mundial de Brasil, el entidad había facturado más de seis mil millones de dólares solo en derechos de transmisión.
El problema fue que su codicia y la de sus colaboradores crearon toda una trama de corrupción para enriquecerse a través de la conspiración, el chantaje y el soborno, mientras sus países recibían solo migas del pastel generado por el juego.
Es imposible que Blatter no esté implicado, aun cuando no esté acusado todavía. Y en el caso extremo de que no haya incurrido en delitos, lo menos que podía hacer era irse por incapacidad manifiesta para detener tanta corrupción a su alrededor.
Pero como se dice en boxeo, le tiraron al cuerpo, porque la cabeza caería sola.
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