La Tierra del Mañana

En la Feria Mundial de 1964, Frank (Thomas Robinson), un precoz niño inventor, trata de ganar una competencia de innovación con una mochila-jet que casi funciona.

En la Feria Mundial de 1964, Frank (Thomas Robinson), un precoz niño inventor, trata de ganar una competencia de innovación con una mochila-jet que casi funciona. Pierde el premio, pero llama la atención de Athena (Raffey Cassidy), una extraña niña que le regala un broche marcado con la letra “T”. Ella le ordena seguirla. Así, Frank encuentra lo que parece ser un pasaje al futuro. La acción salta al presente, donde los caminos de Cassidy (Britt Robertson), una adolescente intelectualmente curiosa, y un científico misántropo (George Clooney), se cruzan gracias a la aparición de un broche similar.

La nueva película de los estudios Disney está basada en una cierta nostalgia por el futuro, a como este se concebía en los Estados Unidos de la era espacial. O más bien, a como Walt Disney lo explotaba en la zona de su parque de diversiones conocida como La Tierra del Mañana . A pesar de su encomiable agenda pro-ciencia, la película es una incómoda mezcla de activismo y posicionamiento de marcas. Un portal mágico se esconde en medio de la atracción conocida como “It’s a Small World After All”. El mundo futuro que la película construye invoca y actualiza elementos estilísticos del Epcont Center. Menos sutiles aún son las apariciones de galletas Oreo y Coca Cola.

El director Brad Bird saltó a la fama con dos de las mejores películas de los estudios Pixar: Los Increíbles (2004) y Rattatouile (2007). Con Missión Imposible: Protocolo Fantasma (2011) se probó como adepto constructor de productos taquilleros con actores de carne y hueso. Ahora, trata de revivir la vieja “película familiar” que Disney favorecía en los cincuenta y sesenta, pero con valores de producción de primera categoría. Sin embargo, el guion de Damon Lindelof y el mismo director adentra la película en tierra de nadie. El tono de la acción y la comedia es demasiado infantil, el manejo de las paradojas de tiempo y espacio es demasiado complicado para niños. Muchos giros de trama se delatan como coincidencias gratuitas. Quería que la película me gustara, pero sus realizadores no me dejaban.

La trama se pierde en sí misma, pero Bird logra oxigenarla visualmente. Las mejores secuencias de la película describen sin palabras cómo el broche sirve de portal entre el presente y el futuro. En medio de una cárcel gris, Casey toma el broche en su mano e inmediatamente se materializa en un trigal dorado, en las afueras de un enclave futurista que brilla a lo lejos como Ciudad Esmeralda. Al caminar hacia allá, su cuerpo, físicamente aún en nuestro tiempo y plano existencial, también se desplaza… hasta que un muro o una escalera detienen su epifanía. La búsqueda de respuestas la llevan a una tienda de memorabilia, manejada por una pareja de hipsters siniestros (los comediantes Kathryn Hahn y Keegan-Michael Key). Esta escena, que funciona como alivio cómico, supone el único uso tolerable del “branding” comercial. Es un artero comentario social, sobre como la banalización de la ciencia, a través del comercio de la ficción, puede convertirse en una trampa mortal.

En momentos como esos Bird se destaca como digno heredero de Steven Spielberg. Pero la trama lo sabotea, y el discurso de la película se vuelve demasiado obvio en su rectitud política frente a la debacle ambiental. Quizás el problema es que no tengo la edad adecuada. La Tierra del Mañana parece concebida para pre-adolescentes. Es, básicamente, una lujosa película de matinée. Puntos extra por la actuación de Clooney, inmensamente generoso con los actores noveles que le rodean.

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