Una reciente encuesta nicaragüense de Demografía y Salud del Instituto Nacional de Información, arrojó que el 37 por ciento de las mujeres nicas han sufrido violencia verbal y un 20 por ciento violencia física. Sin embargo, una más reciente de la Universidad Nacional de Nicaragua que acaba de divulgar LA PRENSA, reveló que un millón de mujeres sufren violencia en este país. Según ese estudio, siete de cada diez mujeres son maltratadas por su pareja, y esto es una monstruosidad que revela que somos una sociedad sumamente enferma. Pero lo peor es que yo sospecho que el problema es mucho mayor, porque la mayoría de las mujeres no reportan su propia situación, ya sea por temor a mayor violencia de los hombres y por temor a perder su precaria seguridad económica.
Sin embargo, esta terrible violencia es solo una manifestación —extrema, es verdad— pero solo una manifestación del machismo enraizado en nuestra sociedad. La irresponsabilidad masculina es quizás otra manifestación todavía más generalizada del machismo nicaragüense. Me refiero a su ausentismo y total despreocupación de las necesidades de su hogar. En muchísimas familias, el hombre solo llega a la casa a pegar cuatro gritos sin aportar casi nada de su salario para los gastos. Abandona el hogar para fundar otro en otra parte con otra mujer después de llenar el hogar anterior de hijos que nunca va a volver a ver y menos ocuparse de su educación y de todas sus demás necesidades.
Los hijos rechazan su comportamiento y resienten su machismo, pero muy pronto, en la medida en que van creciendo, los hijos varones van asumiendo ese mismo odiado patrón de conducta, porque precisamente muchas veces la víctima —la misma madre— se ocupa de ir transmitiendo de generación en generación ese comportamiento. ¡La propia mujer! desde chiquitos les dan un trato preferencial a los varones, hacen que sus hermanitas les sirvan como a seres superiores, les permiten muchos desmanes y los dispensan de casi todos los oficios del hogar.
Y esta injusticia a la mujer, extendida a otras muchas discriminaciones de siglos ha producido como reacción contraria, otro extremo también nefasto: el feminismo radical.
Sin embargo, no conviene generalizar. Hay muchos matices de feminismo, desde los que iniciaron a mediados del siglo pasado su legítimo movimiento a favor de una igualdad de las mujeres con los hombres en cuanto a justicia salarial, política y de oportunidades, hasta lo que tenemos ahora, en que ideologías más agresivas y extremistas, como “la de género” progresivamente han venido suplantando a las originales con una tendencia declarada, no de justicia, sino de odio hacia los hombres, y que su meta ya no es la de igualarse a los hombres, sino la de suplantarlo totalmente en sus roles tradicionales por “inadecuados e inútiles”. Curiosamente odian —además de a los hombres— a las mujeres femeninas a quienes consideran traidoras.
Parece mentira, pero una buena parte de los legisladores y formadores de la opinión pública, los periodistas del mundo occidental, ya han sido seducidos por esa nueva ideología del feminismo en su forma más radical. Cuentan además de cuantiosos recursos financieros de instituciones de prestigio mundial e instituciones multinacionales del más alto nivel, a pesar de lo disparatado de esa ideología “de género” que sostiene que los hombres y las mujeres son totalmente iguales.
Este es un tema que merece extenderme un poco más debido a su importancia, y porque sus consecuencias ya nos están llegando a Nicaragua, por lo que en “La Reflexión” de la próxima semana seguiré refiriéndome a ella.
El autor es coordinador de la ciudad de Dios
[email protected]
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A