No se puede entender a Román “Chocolatito” González sin Alexis Argüello.
El chavalo, quien ha tenido la habilidad de aparecer cuando debía, se ha agarrado del legado de Argüello y desde ahí se ha impulsado para establecer el suyo, mientras arranca elogios por doquier.
Tres días después de haber convertido a Edgar Sosa en una calamidad ambulante a base de golpes, el “Chocolatito” sigue en la boca de todos. Cautiva con su estilo, estremece con su fuego y asombra con su poderío.
En una época en la que el pugilismo de contorsiones, retrocesos y amagues gana espacio, Román aparece como un rayo de esperanza para traer de vuelta al boxeo a la etapa en la que el coraje, la valentía y el honor eran los grandes protagonistas.
Para decirlo de algún modo, González es el boxeador total. Traza estrategias con maestría, dispara un jab que parece lametazo de serpiente en la cara del adversario, arponea al hígado con ganchos y aturde con uppercuts.
Y mientras eso ocurre, su derecha entra en silencio como cuchillo que encuentra la carne desprevenida, como diría Shakespeare en Julio César. Y así, no se puede más. Sosa lo supo temprano, pero lo experimentó a los 2:37 minutos del segundo asalto.
Román no es producto de nuestra simpatía o de cualquier afán por agrandar su figura. Es que en ese cuerpo tan pequeño hay igual cantidad de ambición que de talento, de elegancia boxística y de combatividad sin límites. Hay potencia y precisión, velocidad y ritmo.
Por lo general, no estamos conformes con el boxeo del presente. Añoramos el pasado o aguardamos por lo próximo. Pero con el “Chocolatito” el futuro ha llegado. Ahí está el boxeador total. El que atrae y aturde, el que dispara, acierta y bloquea.
Y es que este “Chocolate”, al mejor estilo de Alexis, mata a sus oponentes con clase. Twitter: @Edrod16
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