Casi cuatro años de muerta y Amy Winehouse sigue dando de qué hablar. El documental de su vida llegó a Cannes precedido de una gran polémica por el rechazo de su familia, que lo tilda de engañoso, pero en su primera proyección el fin de semana, recibida con frialdad, ha mostrado simplemente el retrato de una persona con un talento descomunal pero tremendamente influenciable.
Amy falleció en julio de 2011 a los 27 años. Aparece como una joven con un amor muy fuerte por la música, consciente de un talento que no sabe gestionar y con muchas carencias emocionales, debido a la falta de rigor en su educación por parte de su madre, al abandono por parte de su padre y a la dependencia patológica de su marido, Blake Fielder-Civil.
El documental lo muestra todo. No oculta sus peores momentos, sus fallidos intentos de dejar las drogas o algunas de sus penosas actuaciones bajo los efectos del alcohol.
“Si pudiera cambiar todo solo para poder caminar tranquila por la calle, lo haría”, le dijo poco antes de morir a una de sus amigas.
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