Zapatero a tus zapatos

La premisa de la nueva comedia de Adam Sandler podría pertenecer a un cuento de hadas. O a un capítulo de la vieja serie de televisión La dimensión desconocida. Max Simkin (Sandler), un hombre solitario, estancado en la vida, trabaja como zapatero en la tienda que ha pertenecido a su familia por generaciones. Un día descubre que la vieja máquina de coser suelas guardada en su sótano le confiere propiedades mágicas a los zapatos que repara.

La premisa de la nueva comedia de Adam Sandler podría pertenecer a un cuento de hadas. O a un capítulo de la vieja serie de televisión La dimensión desconocida. Max Simkin (Sandler), un hombre solitario, estancado en la vida, trabaja como zapatero en la tienda que ha pertenecido a su familia por generaciones. Un día descubre que la vieja máquina de coser suelas guardada en su sótano le confiere propiedades mágicas a los zapatos que repara.

Poniéndoselos, su cuerpo adopta la apariencia del dueño del calzado.

La acción se desarrolla en una vívida recreación del Nueva York proletario. La tienda de Simkin es una especie en extinción. Pequeños negocios familiares y artesanales desaparecen ante el juego de especulación inmobiliaria que poco a poco convierte a Manhattan en una ciudad modelo de ricos y famosos. El fenómeno de la “gentrification” provee a la película su detonante de acción. Carmen (Melonie Diaz), una bella activista de derechos de los inquilinos, hace las veces de interés romántico para el protagonista y trata de reclutar a Simkin para la causa.

La principal villana es Elaine Greenawalt (Ellen Barkin), una magnate de los bienes raíces, empeñada en desalojar a un anciano, último inquilino de un edificio que debe demoler para vender una manzana de terreno.

El guion provee hábilmente dos ejes narrativos que se entrelazan, haciendo eco uno del otro. El poder de convertirse en otra persona le permite a Max liberarse de sí mismo y encontrar la fortaleza interna que le falta. Al involucrarse en la causa mayor de los desalojados, conecta con el mundo fuera de sí. Además hace las paces con su dramática vida familiar: el abandono de su padre y la solitaria vejez de su madre.

Todo suena muy prometedor, pero Zapatero… no puede evitar ser una comedia de Adam Sandler. Prejuicios racistas, machistas y homofóbicos envenenan el pozo. Tome nota de cómo Max asume la identidad de hombres de raza negra para cometer fechorías. Flamantes tacones rojos lo convierten en un travesti bastante masculino, cuya aparición es invocada con sorna. Él será, además, la encarnación que sufrirá más la violencia, acarreada por la subtrama criminal.

Y en una escena completamente desechable, Max asume la identidad de un apuesto vecino (Dan Stevens), solo para que la novia de este lo invite a hacer el amor en la ducha. Lo único que detiene a Max de consumar una violación es la realización de que al quitarse los zapatos, el engaño quedaría descubierto. Esto está supuesto a ser divertido.

Zapatero… resulta ser una experiencia exasperante, tanto para detractores como fanáticos de Sandler. Y es una pena. El director Thomas McCarthy tiene una sensibilidad especial para retratar Nueva York, no como el set de una ficción, sino como un lugar reconocible, donde habitan seres humanos de carne y hueso.

Véase The Visitor (2007), la película que le valió una nominación al  Óscar al actor Richard Jenkins. Al enrolarlo, Sandler delata un deseo latente por salir de su zona de confort. Zapatero… podría haber sido como Punch Drunk Love (2002), su colaboración con el director Paul Thomas Anderson, y a la fecha, su mejor película. Pero no es así.

McCarthy saca el máximo provecho de su extenso reparto, regodeándose en la diversidad étnica de la ciudad. Sandler es judío y su cultura figura prominentemente en la película. Es heredero de una larga tradición de humoristas que incluye a los viejos comediantes de los Catskills y a Woody Allen. Lástima que corrompa el legado con prejuicios que ya debería haber superado.

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