El mundo admira a Messi porque es admirable. Y justo cuando parece haber agotado nuestra capacidad de asombro, aparece con una nueva genialidad, distinta y distante para los otros.
Messi fue una sombra que se movió sutil y elegantemente, en medio de un juego intenso, con dos equipos en un estado físico espléndido y con una voracidad de gloria insaciable. Nadie cedía nada.
Entonces apareció Messi y derrumbó la muralla alemana, personificada primero en el portero Neuer y más adelante en todo el sistema defensivo, replanteado por Guardiola a medio camino.
Pero no hubo forma de frenar al genio. Se escurrió entre los defensores y luego jaló el gatillo con poder ante Neuer, quien solo vio pasar el bombazo al minuto 77, para un 1-0 que era solo el inicio.
Dos minutos después llevó el juego a otro nivel, con un gol de antología. Le quebró la cintura a Boateng y le lanzó una vaselina a Neuer, quien quedó expuesto, tras haberse lucido al arranque.
Un partido con un oleaje tan intenso, tan trepidante, tan exigente, solo podía ser resuelto por un genio, y eso fue lo que ocurrió en el Camp Nou, donde Leo demolió todas las trampas a su paso.
Para cuando Neymar dio el tiro de gracia (90+4), ya Guardiola y el Bayern Munich, vivían una realidad más siniestra que su peor pesadilla. El doblete de Messi los había destruido.
Y este Barcelona, que toca menos, pero presiona más, gracias a su proyección rápida y mejorada capacidad resolutiva, está agitado, con un pie en la final de Berlín.
Todo gracias a un Messi sensacional, que suele aparecer cuando las circunstancias lo exigen, para darle más ritmo a este conjunto, que no ha perdido su esencia, solo ha aplicado matices.
Messi, el jugador capaz de una genialidad a partir de la nada, se lució cuando más lo necesitaba el Barsa, y a la vez, deleitó al planeta.
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