Avengers, La era de Ultrón

Es difícil llamar a Vengadores una secuela. Es más bien una pieza más en un expansivo mosaico narrativo del “universo” de Marvel

Es difícil llamar a Vengadores una secuela. Es más bien una pieza más en un expansivo mosaico narrativo del “universo” de Marvel. La editora de cómics ha sabido alcanzar un inusitado éxito comercial explotando a su infinito reparto de personajes. Tenues hilos narrativos se extienden desde pasquines antiguos hasta la película, pasando por películas y series de TV.

Si uno quisiera ser un disciplinado completista, probablemente tendría que poner en suspenso su vida personal y renunciar a su trabajo para dedicarse tiempo completo a consumir todos los productos que el conglomerado genera.

Pero no tiene que hacerlo. Simplemente la vieja lucha entre buenos y malos se escenifica con juguetes cada vez más modernos y brillantes. En esta ocasión, el equipo de superhéroes conformado por Tony Stark, Iron Man (Robert Downey); Steve Rogers, Capitán América (Chris Evans); Thor (Chris Hemsworth); David Banner, Hulk (Mark Ruffalo); Natasha Romanoff, Viuda Negra (Scarlett Johansson) y Clint Barton, Hawkeye (Jeremy Renner) irrumpen en la pantalla en media misión. Atacan un remoto castillo donde el último mercenario de la asociación criminal Hydra, Strucker (Thomas Kretschman), usa un mítico cetro para fines nefastos.

Cuando el polvo se asienta, Stark decide usar el mítico objeto para perfeccionar su software de inteligencia artificial. El experimento se sale de control y pronto tienen que enfrentar a Ultrón (James Spader), un poderoso gigante de metal empeñado en destruir el mundo para salvarlo. O algo así.

A estas alturas del partido, Marvel no es un simple proveedor de entretenimiento. Es una especie de “Vaticano”, alimentando la religión de la cultura popular masiva. Uno tiene fe en ella —y en sus productos— o no. Vengadores: La Era de Ultrón es más de lo mismo. Mucho más.

Si usted es un creyente, le parecerá fantástico. Si es agnóstico o ateo, apenas aspira a disfrutar marginalmente de una distracción ruidosa y poco memorable. La dinámica de las franquicias de acción demandan que cada película supere a la anterior en escala e intensidad. No en balde el director Joss Whedon reproduce en la secuencia inicial su mejor truco visual de la antecesora. En un solo movimiento de cámara registra a cada uno de los héroes enfrascado en su propio enfrentamiento, dentro de la batalla mayor que libran. Esto es posible porque nada de lo que vemos es real. De hecho, la textura de la imagen está más cerca de un videojuego que de una impresión fotorrealista. Pero nada de eso molesta a los creyentes verdaderos.

Los mejores momentos de la película son las escenas quietas, en las cuales los héroes enfrentan los inconvenientes emocionales de su humanidad. Por ejemplo, el temeroso romance entre Romanoff y Banner; el vulnerablemente humano Barton despidiéndose de su esposa antes de la batalla final; y la transformación de Wanda Maximoff (Elizabeth Olsen), joven de poderes telekinéticos que a la par de su veloz hermano, Pietro (Aaron Taylor Johnson), cambia de bando a medio camino. Si la película tuviera un corazón, ella lo sería.

Al frente de la serie de TV Buffy la cazavampiros, Whedon refinó durante años su talento para dramatizar relaciones y dinámicas de grupo entre personajes que se manifiestan aprecio con cariñosa animosidad. Los diálogos chispeantes con frases lapidarias son su especialidad. Cuando los Vengadores tienen tiempo para conversar, la película respira. El resto del tiempo, el director es como un policía de tráfico tratando de resolver un embotellamiento con demasiados camiones pesados. Esta es su despedida de la franquicia. Espero que en su próximo filme, el único superpoder de los personajes sea verbal.

Espectáculo La Prensa Domingo Marvel archivo

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