La casa de la tía abuela Bernarda Sarmiento, donde transcurrió la infancia y parte de la adolescencia de Rubén, era una típica casa leonesa, situada en lo que se denominaba “las cuatro esquinas”, en un costado de la iglesia de San Francisco. Darío la describe así: “Una vieja construcción a la manera colonial: cuartos seguidos, un largo corredor, un patio con su pozo, árboles”… “La casa era para mí tenebrosa por las noches. Anidaban lechuzas en sus aleros”. En esa casa se encuentra ahora el Museo y Archivo Rubén Darío, fundado por el doctor Edgardo Buitrago.
A sus padres adoptivos, la tía abuela Bernarda y el coronel Félix Ramírez, Rubén los recordará siempre con agradecido cariño. En su cuento autobiográfico “Palomas blancas y garzas morenas”, Darío evoca a doña Bernarda así: “¡Adorable la viejecita, con sus trajes a grandes flores y sus cabellos crespos y recogidos, como una vieja marquesa de Boucher”. Al coronel Ramírez Madregil lo describe en su Autobiografía como “un militar bravo y patriota, de los unionistas de Centro América, con el famoso caudillo general Máximo Jerez”… “Le recuerdo, hombre alto, buen jinete, algo moreno, de barbas muy negras”. El coronel Ramírez no era un militar inculto. Era persona inclinada a la lectura y en su casa se reunía una tertulia de políticos e intelectuales liberales, en las que también participaba su esposa, doña Bernarda, con el niño Rubén a su lado hasta que el sueño le hacía a éste buscar refugio en las faldas de la buena mujer.
Pero, por las noches, la casa se llenaba de sombras y el niño Rubén de temores: “Me contaban cuentos de ánimas en pena y aparecidos los dos únicos sirvientes: la Serapia y el indio Goyo. Vivía aún la madre de mi tía abuela, una anciana, toda blanca por los años y atacada de un temblor continuo. Ella también me infundía miedos: me hablaba de un fraile sin cabeza, de una mano peluda, que perseguía como una araña… De allí mi horror a las tinieblas nocturnas, y el tormento de ciertas pesadillas incurables”. Durante toda su vida Darío padeció de temor a la oscuridad.
Igual que la mayoría de los niños nicaragüenses de aquella época, cuando no existían los preescolares, las primeras letras las aprendió Darío en el regazo de la tía abuela Bernarda, a quien el niño Rubén tenía como a su madre biológica. En ese hogar se inició su educación y recibió influencias que más tarde se hicieron sentir en el curso de su vida. Le enseña también las oraciones que debía aprender de memoria, oraciones en verso cuyo ritmo el niño captaba. El tío Félix más tarde le enseña a montar a caballo y las novedades recién llegadas a León: el hielo, las manzanas de California, los cuentos pintados para niños, y hasta el champaña de Francia…
En su autobiografía nos dice Rubén: “Fui algo niño prodigio. A los tres años sabía leer, según me han contado”. Para completar el aprendizaje de la cartilla y prepararse para la primera comunión, asiste a la escuela: una escuelita mixta que funcionaba en la casa contigua a su hogar, donde residía doña Margarita Tellería. Su hija, la señorita Jacoba Tellería, “solterona en años y paciencia”, tenía a su cargo la enseñanza de los niños. Ella fue la primera maestra de Rubén. El método que la señorita Tellería utilizaba, común entonces en escuelas similares, consistía, nos explica el profesor Edelberto Torres, “en memorizar letra por letra, su sonido y escritura. Los niños repiten incesantemente y en alta voz los sonidos, teniendo la cartilla sujeta en un marco de madera provista de un mango. El sábado se consagra a memorizar el catecismo como preparativo de la primera comunión”.
Rubén guardaba un grato recuerdo de aquella experiencia infantil, no exenta de palmetazos, como los que entre indignada y asombrada le propinó la niña Jacoba, cuando, según él mismo cuenta, lo sorprendió “¡a esa edad, Dios mío! en compañía de una precoz chicuela, iniciando, indoctos e imposibles Dafnis y Cloe, y según el verso de Góngora, “las bellaquerías detrás de la puerta”.
Concluido el aprendizaje de la cartilla, Rubén pasó a estudiar a la Escuela de Zaragoza, que estaba a cargo del entonces estudiante de Medicina Jerónimo Ramírez. A veces, el propio coronel Ramírez Madregil llevaba en brazos al niño Rubén a la escuela. En el siguiente curso escolar, Rubén fue trasladado a otra escuela pública, esta vez la del barrio de San Sebastián, cuyo maestro era el pasante de Derecho Felipe Ibarra. En esta escuela concluyó, mal que bien, su educación primaria.
El autor es jurista y escritor.