Llamé por teléfono a mi primo Manolo Cardenal después de escribir La Reflexión de la semana pasada (en la que describía la admirable labor que él realizaba a favor de los alcohólicos, drogadictos y depresivos) a fin de que —ya que me refería a él en ese artículo— me autorizara su publicación en LA PRENSA. Y confieso que lo hizo a regañadientes, porque —según él— yo no había sido totalmente exacto sobre su trabajo. Me dijo que primero él no era santo y segundo que su apostolado no podía considerarlo como “heroico” porque la retribución que recibía por realizarlo era de un gozo tal que la alegría que le producía eliminaba completamente todo posible sacrificio.
¡Y qué curioso! Una vez más, unas pequeñas frases de mi primo bastaron para volverme a hacer meditar sobre la vida, sobre el amor, y que “dando es como se recibe” porque fuimos hechos así, aunque nos parezca contradictorio a nuestra tendencia natural egoísta y egocentrista. Pero es que hay que admitir que fuimos hechos para el amor que es entrega y que fue el pecado (de nuestros padres y de nosotros mismos) el que trajo al mundo el egoísmo y puso en nuestra naturaleza caída esa tendencia que —para ser lo más realistas posibles— deberíamos considerar como antinatural.
Tan fuimos hechos para amar, para entregarnos, que entre más nos centremos en nosotros, nuestros caprichos (y hasta nuestras necesidades) y más nos alejemos de los demás (y de sus padecimientos), nos volvemos cada vez más desgraciados y —en extremos— llegamos hasta enfermarnos. Al egoísta no lo quieren ni las personas más cercanas a él. En cambio, las personas más felices que he conocido en mi vida han sido los más santos, los que se entregan al amor verdadero, al servicio sacrificado de los demás. Fíjense que esto es así hasta en el amor sexual. El que llega a la intimidad conyugal anteponiendo a su propio goce, el de producir el mayor placer al otro, goza infinitamente más que el que solo llega pensando en obtener —él mismo— la mayor satisfacción posible.
Y aunque me aleje un poco del tema del amor al prójimo, el haberme referido al amor conyugal me ha hecho pensar en tantas parejas que han perdido la ilusión en su relación. A ellas esta otra reflexión extraída del extraordinario libro Desde la otra orilla , del sacerdote Martín Descalzo:
El verdadero amor —aunque el romanticismo nos haya enseñado otra cosa— normalmente no se expresa por grandes gestos, por sacrificios heroicos, espectaculares, sino por la pequeña ternura llena de imaginación, a lo que llamamos “los detalles”. Por eso a mí lo que más me preocupa es cuando una mujer me dice que su esposo “no tiene nunca un detalle”. Eso significa que ese matrimonio o esa pareja está siendo invadida por la rutina y el aburrimiento, que es lo que más frecuentemente termina con el amor. Por eso termino diciéndoles a esos esposos: ¡pónganse las pilas y conviértanse en detallistas!
Si alguno de mis lectores quiere saber más sobre la obra de mi primo Manolo, puede comunicarse con él a los teléfonos 8877-1388 y 2277-2832 o escribirle al correo [email protected].
EL AUTOR ES COORDINADOR DE LA CIUDAD DE DIOS
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A