Santiago Jarquín no pierde esperanzas de ver. A través de una organización tiene previsto viajar a Estados Unidos en mayo para un nuevo chequeo.
LA PRENSA/ A. MORALES
El verdulero de San José
Santiago Jarquín se agacha, alza la carretilla metálica desvencijada que tiene encima un canasto con frutas y verduras y sale andando por las calles de San José de los Remates, Boaco. Lleva puesto un sombrero verde olivo y los ojos entreabiertos. Santiago es ciego, pero, para esta entrega de verduras dice que no necesita bastón. A través de sus “pasos ciegos” explica que ha ido memorizando giros, pliegues y baches de las calles, olores de los patios, voces, ruidos de animales, nombres y ha construido un mapa mental que le permite movilizarse sin ver. Corre el riesgo sí, y lo sabe, de que la casualidad le juegue una mala pasada y que por ejemplo pueda ir caminando por el adoquinado, confiado, y no se percate de un vehículo estacionado, de un adoquín suelto, de un perro que se cruza repentinamente. Casi nunca le ocurre, cuenta. Como la gente del pueblo lo conoce, le gritan: “Santiago, por ahí hay algo”. Hasta ahora, desde que arrancó este negocio con su amigo y socio, Rigoberto Martínez, quien a veces maneja la carretilla, no le ha pasado nada extraño.
«No sé si me voy a salir un poco del tema, pero soy de los que creo que el ser ciego, el ser renco de una mano, de un pie, no me hace ser pordiosero ni limosnero». Santiago Jarquín, 29 años, ciego y habitante de San José de los Remates.
Santiago Jarquín se agacha, alza la carretilla metálica desvencijada que tiene encima un canasto con frutas y verduras y sale andando por las calles de San José de los Remates, Boaco. Lleva puesto un sombrero verde olivo y los ojos entreabiertos. Santiago es ciego, pero, para esta entrega de verduras dice que no necesita bastón. A través de sus “pasos ciegos” explica que ha ido memorizando giros, pliegues y baches de las calles, olores de los patios, voces, ruidos de animales, nombres y ha construido un mapa mental que le permite movilizarse sin ver. Corre el riesgo sí, y lo sabe, de que la casualidad le juegue una mala pasada y que por ejemplo pueda ir caminando por el adoquinado, confiado, y no se percate de un vehículo estacionado, de un adoquín suelto, de un perro que se cruza repentinamente. Casi nunca le ocurre, cuenta. Como la gente del pueblo lo conoce, le gritan: “Santiago, por ahí hay algo”. Hasta ahora, desde que arrancó este negocio con su amigo y socio, Rigoberto Martínez, quien a veces maneja la carretilla, no le ha pasado nada extraño.
Lo favorece que está en una calle en bajada. Gira de inmediato a la derecha, pasa por el frente de la escuela y en la esquina dobla a la izquierda y baja. A su derecha está el parque de San José, donde hay árboles y letreros que invitan a proteger la reserva de Cumaica, un cerro verde que está al frente. “De ahí viene el agua. Nosotros lo conocemos como ‘La Chorrera’”, dice Santiago. No son las 9:00 de la mañana. Todavía corre un aire fresco. “Acabamos de pasar una helada tremenda”, comenta Santiago sin soltar la carretilla. Agrega que en este municipio solo hay dos meses calientes, generalmente marzo y abril, pero el cambio climático ha ido moviendo esos meses.
Cuando llega a la esquina del parque, Santiago gira a la derecha. Antes de aparcar la carretilla en el zaguán de una casa, dice, “allá está la iglesia católica. ¿Ya la vio?”, refiere con una precisión asombrosa en su mapa mental. En efecto, en la dirección que apuntó con su boca está el edificio dominante, amarillo y blanco, de la iglesia católica.
En una de las casas mientras deja el pedido que va anotado en un papel por su amigo y socio Rigoberto Martínez. LA PRENSA/ A. MORALES
Y cuando expresa: “Ese que está allí es el mejor restaurante que hay aquí”, refiriéndose al San Chepeño, una casa restaurante de rejas y puertas cerradas a las 9:00 de la mañana, también es cierto, allí está el restaurante. Por momentos se podría dudar y pensar que Santiago es un impostor y que en realidad puede ver.
“Solo miro reflejos”, comenta Santiago y con eso quiere decir que nada más sabe distinguir el día de la noche. Pese a su discapacidad, Santiago siempre ha creído en su capacidad para trabajar. “Tratamos de defendernos”, llama al empleo que recién se inventó con Rigoberto y que consiste en viajar a Managua, una o dos veces por semana, y comprar verduras y frutas para vender en San José, un pueblo productor de granos básicos, café y ganadería sobre la carretera a Teustepe.
PROHIBIDO PEDIR
Por ahora ese trabajo le reporta entre cuatro mil y cinco mil pesos mensuales. Con ese dinero sobreviven él, su hijo de 5 años, su mamá y su abuela. O por lo menos se ayudan, dice.
No siempre ha sido un informal. En 29 años de vida, Santiago tuvo empleo formal una vez. Trabajó por casi dos años como empacador en una empresa de productos agroquímicos en las afueras de la capital. Aunque le quedaba a más de una hora de camino, siempre llegó puntual a la hora y, según valora, siempre estuvo a la altura de sus demás colegas. Sin embargo, hace un año renunció “por dignidad”, recuerda.
“Yo entré ahí, pero fue algo duro porque la gente no cree que vos podés, como persona con discapacidad, vos podés laborar y gracias a Dios logré demostrarle que sí podía hacer muchas cosas”. No obstante, cuando llevaba más de un año, llegó una jefa “anticiega” que le dijo “no, con vos no voy a andar con contemplaciones” y se ensañó. Recuerda que lo dejaba en turnos hasta las 9:00 de la noche, a pesar de que la propietaria de la empresa le decía “a Santiago no me lo dejés”. El vivía en la Carretera Norte a la altura del barrio Waspam y trabajaba en la carretera Vieja a León. Después de luchar como por un año, se fue. Renunció.
“Allá donde estaba tenía un salario neto, eso no variaba, en cambio en el negocio, a veces te varía, a veces sacás más, es rara la vez que uno saca menos”, indica comparando sus ingresos entre un empleo fijo y uno informal.
“Siempre he sido de la opinión que es bonito ser jefe uno mismo, porque así uno cumple sus horarios, se pone sus metas, no estás ahí encerrado, presionado”, manifiesta Santiago mostrando sus dotes de gran conversador.
En algunos de sus viajes, Santiago va al Mercado Oriental para comprar celulares u otros aparatos que le encargan conocidos de San José. Lleva anotadas las especificaciones y confía en que los vendedores le venden lo que ahí dice. “Ese es un riesgo que uno corre”, afirma este hombre, quien por “ceguera social” ha bebido tragos amargos.
“He pasado mis experiencias feas por ser ciego. Una vez anduve con un amigo que tenía aquí por la Nicarao, en Ropusame y a mí no me querían dejar entrar porque pensaban que iba a pedir. A mí me afectó mentalmente. Me quedó en shock. Yo respeto a las personas, pero las que piden no van conmigo. Yo soy ciego, no tengo un padre que me diga ‘hijo tomá’ y gracias a Dios en mis 29 años no he tenido necesidad de pedir”, dice renegando de quienes buscan inspirar lástima con su discapacidad.
Santiago se aleja de la cuadra del parque que olía a jazmines y se adentra en otra que despide un olor a pinolillo. “Oye, Santiago”, le grita un hombre que está sentado en la esquina con otro. Él sabe que es un molino y que por ahí va a descargar el peso restante del canasto. Lo espera la señora Betty. Él descarga con naturalidad los productos y ella los acomoda. Al final, entrega la lista que ella coteja y él al final, cuando toca hablar de dinero, le dice: “Se arregla con él”. Más tarde, su socio Rigoberto pasará saldando la deuda.
Santiago con parte de su familia. Mirna, su mamá, y Jefferson, su hijo de 5 años, quien está en tercer nivel de preescolar. Falta su abuela y su hermana. LA PRENSA/ A. MORALES
JUGADOR DE VARIOS DEPORTES
Practica deportes. Juega futbol sala, pero también goalball (golbol), un deporte paralímpico que practican los ciegos. Santiago es parte de la Selección nacional. En abril participará en el torneo nacional y próximamente viajará a Guatemala a un torneo regional. Santiago dice que su trabajo informal le da tiempo para sus “gestiones personales” que son estos eventos, pero también las capacitaciones de la organización de ciegos Maricela Toledo. También es músico. Toca timbales, congas, le gusta la percusión en una iglesia. Gracias a la iglesia viajó una vez a Miami, Estados Unidos, donde le valoraron la vista y le dieron esperanzas, pero el tratamiento era muy arriesgado y no quiso afrontarlo.
Ver en la versión impresa las páginas: 4 A
Puede interesarte
COMO BENEFICIO DEL PLAN PREMIUM PODÉS COMENTAR EN TODOS NUESTROS ARTÍCULOS.
Realmente es increíble como gente con algunas limitaciones, puede luchar tanto y muchos que no tenemos ninguna lmitacion nos dejamos vencer por pequeñas cosas
Admirable la historia de Santiago. A esa jefa anticiegos que estara leyendo esto o alguien que la conozca diganle que ya le llegara su dia por anti humana, anticiegos . Admirable Santiago. Seguro que mi Miami lo evaluaron el Bacon Palmer.. vivio muchos anos en South Florida por eso se de ese lugar.
El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y
así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.