El clamor de justicia por los crímenes de guerra cometidos en El Salvador y la alegría por la beatificación de monseñor Óscar Arnulfo Romero marcaron hoy la conmemoración del 35 aniversario de su asesinato en San Salvador.
En los diferentes actos en honor al arzobispo asesinado en 1980 los «romeristas» cuestionaron al Estado salvadoreño por la no derogación de la Ley de Amnistía promulgada en 1993, que no ha permitido que se juzgara a los señalados por crímenes de guerra.
Pero este año la conmemoración se celebró con júbilo por la beatificación del mártir el próximo 23 de mayo.
Un grupo de soldados se encontraban esta mañana en los alrededores de la capilla de un hospital de personas enfermas de cáncer, donde el arzobispo fue asesinado en 1980.
Esta vez, no como hace 35 años, los militares estaban allí para proteger a los asistentes a la misa.
En la misma escalinata donde se plantó el francotirador que ultimó al prelado católico hace 35 años, el director de la Fundación Romero, Ricardo Urioste, expresó su deseo de que el asesinato se «resuelva judicialmente» y señaló que la beatificación es una «reivindicación para Romero que fue acusado de marxista, comunista y guerrillero».
Urioste hizo un llamamiento al sistema de justicia salvadoreño a que «se lanzaran con valentía a descubrir y judicializar a quienes fueron los hechores» del asesinato de Romero.
El magistrado de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) Florentín Meléndez dijo que se debe de cuestionar al Gobierno y la Asamblea Legislativa porque no se haya derogado la Ley de Amnistía.
«La derogatoria (de la Ley de Amnistía) es responsabilidad de los diputados (…) y también el presidente que por medio de su ministro de Justicia tiene la iniciativa de ley para pedir la derogatoria», sentenció Meléndez.
La pequeña capilla se vio abarrotada por unos 200 feligreses que portaban camisas con la imagen y frases celebres del obispo mártir.
«Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño», «que mi sangre sea la semilla de libertad y la señal de la esperanza» y «les ordeno en nombre de Dios: ¡cese la represión!», se podía leer en las espaldas de los fieles religiosos.
El tradicional rito católico se vio modificado por las muestras de cariño hacia Romero por los sacerdotes y los feligreses.
«La iglesia salvadoreña renace con la sangre de Romero y de los otros mártires de El Salvador», dijo el sacerdote Vicente Chapín en una homilía.
Él mismo rompió el protocolo eclesiástico al cantar a junto con la concurrencia «La cumbia de monseñor Romero».
«El diablo se equivocó al querer callar la boca de monseñor Romero», cantaban al unísono.

Afuera, al ritmo de una tradicional música de marimba, un grupo de personas disfrutaban platos típicos de la cocina salvadoreña mientras esperaban el inicio de la peregrinación hacia la tumba de Óscar Romero.
Al grito de «!Alerta, alerta¡» iniciaba la peregrinación que reunió a unas 2,000 personas que se dividían en dos grandes grupos, los que cantaban alabanzas religiosas y los que gritaban proclamas de un corte más político.
«Romero vive y vive, la lucha sigue y sigue», gritaban mientras el trafico de la ciudad comenzaba a verse afectado.
La masa llegó al monumento a Romero en el lugar donde se realizará la beatificación del mismo, allí le rindieron oraciones, hurras y más vítores.
Cerca del lugar, un grupo de veteranos de guerra del Ejército salvadoreño y excombatientes de la guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) acampan y hacen huelgas de hambre para pedirle al Gobierno pensiones y tierras.
«Este Gobierno no hace eco de lo que Romero exigía, ellos son los principales violadores de derechos humanos y quieren sacar raja política de la imagen de Romero», dijo a Acan-Efe el excombatiente Evaristo López, quien se cubría el rostro con una pañoleta.
La siguiente estación fue en el monumento a la Memoria y la Verdad, donde están escritos los nombres de unas 23 mil víctimas del la guerra salvadoreña.
Luego, con las homilías del mártir, su imagen multiplicada a cada metro y bajo el resguardo de un Romero de 3 metros, los peregrinos caminaron hacia la tumba del arzobispo asesinado por un escuadrón de la muerte.
En ese contexto resonó la petición de declarar mártir al sacerdote Rutilio Grande, que fue asesinado por las fuerzas de seguridad salvadoreñas y era amigo de Romero.
«Tenemos la esperanza de que lo declaren mártir (a Rutilio Grande) porque también fue un mártir por el amor a los pobres», dijo Milagro Leiva a Acan-Efe, quien portaba un retrato de Grande.
En la Cripta de la Catedral Metropolitana donde se encuentran los restos de Romero el numero de seguidores se redujo y regresó la solemnidad y el recogimiento característicos de los templos católicos.