Clío está recién bañada y aislada de la jauría. Está inquieta y con el pelambre mojado porque la acaban de bañar. “Es que está en celo”, aclara Francisco Guzmán, un hombre gordo que lleva los anteojos sobre la cabeza como si fuera un aro y que todos los días visita esta casa —mansión— de Santo Domingo para entrenar a Clío y a seis perros más.
Guzmán dice que hay muchos nacionales que cuidan a sus perros, pero sobre todo son extranjeros los que pagan por el servicio de educar a los perros.
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A unos metros de Clío, está el resto de la jauría: dos weimaraner, una hembra y un macho, un gran danés jovencito y otros dos perros que son híbrido de doberman con rottweiler. Y a la sombra de unas plantas, está el más pequeño y más viejo de todos: un poodle blanco insolente por Clío. Los trabajadores de la casona comentan entre risas que a pesar de su tamaño, el poodle se les para y enfrenta a los más grandes.
El primer alumno de Guzmán de esta jauría fue Junior, el macho weimaraner gris que llama la atención por sus latidos y sus ojos amarillos. Era un cachorro de seis meses cuando empezó a oír de Guzmán los comandos “sit down” (sentarse en inglés) o “plei” (play) para echarse a correr detrás de algún objeto y retozar con él.
Uno de los más aplicados ha sido Hulk, el gran danés negro. Guzmán hace una pequeña demostración de las órdenes que no son más que palabras en inglés a las cuales el enorme perro va reaccionando. Se echa, le da una pata, le da otra, si le dice “estei” (stay) se queda quieto.
“Esto se hace con cariño y caricias”, dice Guzmán quien a la par de cada orden le suele restregar la palma por el lomo mientras le dice “good boy”.
Francisco Guzmán aprendió a entrenar perros en el Ejército Popular Sandinista (EPS), en los años ochenta. Recibió un curso para entrenarlos cuando estaba en la unidad de explosivos. No fue difícil porque siempre le gustaron los perros. Sin embargo, fue a comienzos de los noventa, ya fuera del Ejército, que vio el entrenamiento de perros como una opción de subsistencia.
En la actualidad, por entrenar y cuidar perros cobra 120 dólares al mes.
“Como hay meses buenos, hay otros bajos”, explica este hombre. La mala es cuando sus ingresos rozan los 200 dólares al mes, y tiene que irse en bus. La buena, cuando redondea los mil dólares, entonces se mueve en un viejo carro blanco.
No tiene seguro social, ni lo extraña. “No he querido sacar el facultativo”, comenta y se ufana de gozar de una salud de hierro. El 80 por ciento de la Población Económicamente Activa, PEA, del país trabaja así como Guzmán, de manera informal. Solo el 20 por ciento cotiza al INSS (Instituto Nicaragüense de Seguridad Social).

BUENA ÉPOCA
Guzmán anda en la calle desde las cinco de la mañana. Al rayar el alba él entrena a una pareja de chau chau en un residencial.
En el transcurso del día va a seis o siete casas, entre esas a la casona de Santo Domingo, donde lo espera la jauría. Luego entra a un residencial en Carretera a Masaya, donde lo espera Bubul, una perra juguetona que resultó de un cruce entre labrador y criollo. Bubul se vuelve loca cuando lo ve. Agita la cola como un péndulo al revés y le pasa la lengua tantas veces que le deja el dorso de la mano pegajoso de saliva.
En Altamira va por una familia de rottweiler: Venus, Astro y Costa. Cuando su viejo carro se estaciona los perros enloquecen de contentos.
Una vez que traspasa el portón lo rodean, con sus bocas jadeantes que dejan ver sus incisivos mientras sus rabos siguen encendidos, batiéndose de un lado a otro. “Quieren salir ya”, comenta Ángela Velásquez, la asistente del hogar que pasa el día con los tres rottweiler. Velásquez comenta que son muy tranquilos. Ella tiene dos hijos y en vacaciones los trae a su trabajo y pasan jugando con los perros.
Guzmán repite algunos comandos con Astro, y el perro obedece dócilmente.
De nuevo, el entrenador lo premia con caricias y palabras cariñosas. Dice que las expresiones cariñosas y la familiaridad son importantes para los animales. También aconseja que lo primero que se debe hacer cuando un perro se acerca es mirar para otra parte, hacerse el desentendido y dejar que olfatee a la persona. Es una manera de identificar al otro. Después de este paso, se puede acercar la mano, con la palma hacia abajo mientras ellos pasan la lengua. Una vez superada esta prueba el animal te sigue y se deja querer. “Los perros son los animales más nobles”, insiste Guzmán, quien aplica las mismas reglas con todas las razas que entrena.
En medio de los entrenamientos, Guzmán hace pausas y explica que hay gente que define como “bravos” a sus perros y basan su bravura en el estrés. Son animales —explica él—, que pasan amarrados todo el día o encerrados y eso les hace daño. “Ellos como nosotros necesitan libertad, correr, moverse”.
NO HAY PERRO MALO
En 23 años ha entrenado todo tipo de perros, desde mastín hasta “indios” o pitbull. Para este hombre corpulento, que sobrepasa los cincuenta años, no hay perro malo. “No existe raza mala, los malos somos nosotros”, dice Guzmán, a quien le preocupa el estigma social que cargan los pitbull y rottweiler asociados injustamente a hechos violentos.
“El rottweiler es un perro noble que hay que saberlo criar, igual que al pitbull”, apunta Guzmán quien participa en marchas a favor de la protección animal y en exhibiciones caninas.
Es viernes a mediodía. Frente a la casa de los rottweiler hay pocos árboles y un tráfico alborotado. Nada de eso estresa a la familia de rottweiler que van andando felices de la mano de Guzmán. Por el mismo andén, pero en sentido contrario, viene una mujer de la mano con una adolescente uniformada. La mujer, un poco molesta increpa a Guzmán que aparte a “esos perros bravos”. A pesar de la jauría imponente, la niña no se inmuta pero la mujer gruñe. Guzmán contesta que pase que no le harán nada y detiene la marcha para darle la confianza de pasar al lado sin ningún problema. El trío de perros ni ladra ni reparan en la mujer y la niña, ellos, guiados por su amigos, sólo van aprovechando sus minutos de calle.
