Cuando Nicaragua se incorporó al mercado mundial a través de las exportaciones de café, a fines del siglo XIX-inicios del XX, surgió el problema de asegurar la fuerza de trabajo necesaria para atender la temporada de cosecha. La tierra era relativamente abundante y la fuerza de trabajo relativamente escasa.
Según la lógica económica, el precio de la fuerza de trabajo, que era un factor escaso, debió haber sido relativamente alto. Sin embargo, la salida que se buscó no fue ofrecer salarios más altos para atraer a la fuerza de trabajo, sino recurrir a las denominadas “leyes contra la vagancia” y el peonaje por deudas, esto es, a revivir métodos arcaicos y coercitivos de reclutamiento. Las “chacras” campesinas aseguraban la sobrevivencia de la fuerza de trabajo a un costo nulo para los hacendados, y el peonaje por deudas aseguraba un trabajo semigratuito durante las cosechas.
Con el tiempo, la escasez relativa se convirtió en excedente relativo de fuerza de trabajo. El mismo se refleja en los extensos bolsones de mano de obra que sobrevive realizando actividades de muy baja productividad, dando origen a un masivo subempleo o “desempleo encubierto” que mantiene deprimido el precio de la fuerza de trabajo, que se constituye en la principal “ventaja competitiva” del país. Como siempre, la competitividad y la rentabilidad siguieron dependiendo del acceso semigratuito a la tierra y del bajo costo de la fuerza de trabajo.
Este esquema proporciona elementos clave para entender por qué, a lo largo de nuestra historia no se sintió la necesidad de invertir en la calificación de la fuerza de trabajo, ni de desarrollar los conocimientos, capacidades y destrezas, ni la infraestructura del país, ni de diversificar la estructura productiva, ni de construir un Estado y un sistema fiscal modernos. La estructura productiva y exportadora permaneció incambiada hasta que las recomendaciones del Banco Mundial en 1952 y el impulso del Mercomun llevaron a la promoción deliberada de nuevas actividades mediante el Infonac y el BNN, lo cual hizo posible un proceso limitado de transformación estructural que dio lugar a las tasas de crecimiento de la economía y la productividad más elevadas de que se tenga registro.
En las décadas siguientes, el denominado “Índice de Complejidad Económica” muestra que se retrocedió considerablemente, y lo mismo ocurrió en toda América Central. A estas alturas del Siglo XXI solo Costa Rica, en base a una inversión comparativa más alta en capital humano e infraestructura y a políticas deliberadas de promoción y fomento, se ha acercado a recuperar los niveles previos de este índice. El proceso de desarrollo y transformación estructural implica acumular conocimientos y destrezas productivas y utilizarlas para producir una mayor variedad de productos, cada vez más complejos. El mundo está lleno de economías con distintos grados de complejidad: algunas producen unos pocos bienes simples y otras muchos bienes complejos y diversos, los cuales requieren de conocim
ientos y capacidades específicas.
Los países de menor ingreso per cápita saben hacer pocas cosas y en particular, cosas que muchos otros países saben hacer. Los países de mayor desarrollo, en cambio, saben hacer muchas cosas y entre ellas cosas complejas que pocos otros saben hacer. Sin embargo, a contrapelo de la evidencia nuestros países, con limitadas excepciones, están avanzando hacia el futuro apostando a las mismas fuentes de competitividad que en el pasado, con absoluta negligencia respecto a la acumulación de conocimientos, destrezas y capacidades que los habiliten para diversificar su estructura productiva y exportadora, de manera que porcentajes crecientes del empleo generado sean empleos de cada vez mayor calidad.
El problema es que el tiempo se agota. Entre 2035 y 2040 la fase del bono demográfico habrá llegado a su fin, y el proceso de envejecimiento habrá alcanzado velocidad de crucero. En este punto ya no habrá marcha atrás. ¿Quisiera usted hacerme el gran favor de calcular cuántos años hacen falta para ese momento, y recordárselo a las élites de este país, y a sus ciudadanos y ciudadanas?
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