American Sniper es la mayor sorpresa taquillera del año. Al cierre de esta edición, ha amasado casi cuatrocientos millones de dólares en venta de boletos a nivel global. También se ha convertido en objeto de controversia. La historia de Chris Kyle, el francotirador más letal en la historia bélica de EE. UU., ha quedado en el fuego cruzado de un feroz debate. Políticos, celebridades y analistas toman partido. Los conservadores la interpretan como una reivindicación de la guerra de Irak. Para los liberales es la apología de una invasión criminal.
La ideología personal de Eastwood, manifiestamente inclinada a la derecha, ha abonado estas interpretaciones. Estoy aquí para decirles que ambos bandos están equivocados.
La primera vez que vemos a Chris Kyle es un niño aprendiendo a cazar con su padre. Como muchos norteamericanos de la clase trabajadora, crece bajo la trinidad de Dios, las Armas y América. Ya adulto —encarnado por Bradley Cooper—, decide abandonar los rodeos de Texas para ingresar al Ejército, a raíz de los atentados terroristas del 11 de septiembre del 2001.
Durante el entrenamiento, su excelente puntería lo consigna como francotirador. En el frente de combate, su talento con el rifle lo convierte en una especie de celebridad entre las tropas. Pero con cada misión, los traumas de la guerra le pasan la cuenta cada vez más, saboteando el hogar que ha fundado con Taya (Sienna Miller).
El guion de Jason Hall, basado en las memorias de Kyle, arma la historia a dos bandas, entre el frente de guerra y el frente casero. La convicción sobre cuán justa es la guerra se resquebraja progresivamente. El hombre que de niño aprendió a tirar matando a un venado, llega a tener a un niño en la mira. Compañeros del Ejército mueren a su lado.
Otros reniegan del conflicto. La guerra es un infierno. American Sniper se cuenta exclusivamente desde el punto de vista de Kyle. Por eso es imposible pedirle balance, humanizar a los iraquíe, o denunciar las manipulaciones de la administración Bush a la hora de justificar el conflicto. Eastwood cuenta la historia de un hombre particular, con todos sus sesgos. Que estos coincidan con un gran segmento de la población estadounidense —o los del director— no debería ser un factor para evaluar la calidad de la película, un producto de ficción inspirado por una historia real.
Más que una apología de la guerra de Irak, creo que la película retrata la manera de pensar del militar promedio, proveniente del proletariado estadounidense. De hecho, podría argumentarse que la película denuncia cuán injusto es el trato que la sociedad le ofrece al soldado y cómo es imposible compensar apropiadamente los sacrificios que se demanda de ellos. Como su taciturno protagonista, American Sniper no se regodea sobre la cantidad de muerte que Kyle siembra. Esto no es Rambo . Y la realidad le dio a la película un epílogo trágico que refuerza su lamento sobre el precio de vivir dispensando violencia.
A pesar de ser un ícono de armas tomar, Eastwood tiene una relación ambivalente con el uso mortal de la fuerza. American Sniper es como una variación de Unforgiven para el siglo XXI.
No me extraña que los sectores conservadores de EE. UU. la abracen, pero me sorprende un poco su popularidad global. También será un éxito en Nicaragua, como evidencia la sala llena del cine. Atraídos por el aura machista de la guerra, el espectador se enfrentará a sus consecuencias. ¿Debemos evaluar una película por su congruencia con nuestra visión del mundo? No creo. American Sniper merece sus nominaciones al Óscar.
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