La mano
Hay una mano que anda por ahí poniendo trampas, haciendo triquiñuelas, saboteando el Festival de Poesía de Granada. Un día niega permisos municipales, el otro proscribe a una banda de música de alguna plaza, luego prohíbe a los policías que poetas participen y, al otro, pone candados para evitar que los poetas marchen por donde siempre han marchado. Es una mano anónima. Traviesa. Pero tiene poder. En la Alcaldía de Granada, para dictar edictos. En la Policía, para obligarlos a dejar de hacer sus obligaciones de vigilancia y protección en apoyo a una actividad masiva. Una mano que pone candados. Y todos sabemos que tras esa mano hay un estómago en fuego vivo porque el festival no es suyo, no tiene su hierro y si por ahora no usa el hacha para decapitarlo es porque no tiene cómo justificar una salvajada de esas contra un evento que solo bien le hace a todos, principalmente, a la misma Alcaldía que se ha convertido en su principal perseguidora.
Ahí está el detalle
Todo sería distinto, se los aseguro, si el Festival de Poesía de Granada se aprobara en El Carmen, con los estándares de producción que ahí se exigen. Ahí está el detalle. De entrada, los colores psicodélicos. Luego, el ojo místico, los árboles de la vida, las tarimas enfloradas, y claro, un detalle que no puede faltar, las banderas rojinegras por todos lados. Y si no fuese mucho pedir, dedicarle un año el Festival a la poetisa Rosario Murillo, cuya obra no ha sido suficientemente ponderada por la población y ¿por qué no? al comandante Daniel Ortega, quien también algo de poeta tiene. Todo eso, les aseguro, dejaría a la mano tranquila y la Alcaldía no solo dejaría de entorpecer la actividad, sino que sería la primera colocando tarimas para ganar puntos.
Sociedad uniforme
¿Por qué incomoda el Festival de Poesía? Porque no se alinea. No es siquiera que se rebele, es que no se pone la camiseta del uniforme y eso ya es un desafío en la sociedad robotizada que se quiere construir. En el fondo lo que hay es una lucha por uniformar la sociedad. Por que solo se escuche un discurso. Es el dilema con que se resuelve todo aquí de un tiempo para acá: si estás conmigo tenés todo, si no estás (insisto, ni siquiera se necesita estar en contra) haré de todo para que fracasés. Es la lucha entre la tranquilidad del esclavo sometido y la incertidumbre del espíritu libre. Y no crean, muchos prefieren las cadenas y grilletes que vienen con el plato de comida seguro.
Canal 2
Miren el ejemplo de Canal 2. Ya se unió al coro. Sucumbió en el mismo proceso de siempre: asedio, toma y puesta de uniforme. En Canal 2 desapareció la crítica al Gobierno que alguna vez hubo y, ahora sí, llegan los funcionarios a dar entrevistas en los noticieros, seguros de que nadie ahí les hará las preguntas incómodas que los televidentes quisiéramos que se les hiciera.
El Gran Hermano
¿A quién, por Dios, le conviene una sociedad uniforme? A la población no. Un ciudadano, cualquier ciudadano, debe tener el derecho de informarse de distintas noticias y no solo las que un gobierno o grupo de poder decida. Incluso, escuchar opiniones y argumentos distintos, aun cuando no esté de acuerdo con ellos. A él es a quien le corresponde tomar las decisiones conforme a los hechos que se le presenten o, en su caso, opinar según como crea conveniente o estar de acuerdo o en desacuerdo con lo que otros opinan. ¿Quién puede querer que eso no pase? El gran hermano. El grupo controlador. Los que quieren decirnos qué debemos pensar y cuál es la realidad que debemos creer.
Sociedad indeseable
Y sucede que el gran hermano es una bestia que no se sacia fácilmente. Ya lo hemos visto. Al principio era tener medios en los cuales exponer su particular visión del mundo. Es justo, pensamos. Pero no quiere tener medios, quiere “tener todos los medios” bajo su control. Y no solo los medios, también las universidades, cero debate, los sindicatos, los organismos, los partidos y hasta las mantas y las pintas callejeras. ¡Intente poner una manta o un grafiti de protesta en la calle a ver cuánto dura! Por loco que parezca, el único modelo de sociedad en el que la bestia se sentiría a gusto es uno como el de Corea del Norte o como el de la novela 1984 , la del gran hermano, que con tanto tino describió George Orwell. ¿Quién quiere vivir ahí? Esta pregunta es incluso para los orteguistas, quienes con sus acciones u omisiones están construyendo este modelo de sociedad domesticada, indeseable, en el que bastaría un poco de sentido común para que no quisieran ver a sus hijos o nietos viviendo en ella.
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