Posibilitado por la cercanía que tuve con Fidel Coloma, tuve acceso al ensayo de Erika Lorenz, editado por el Instituto Iberoamericano (Hamburgo 1956) en el cual el recordado maestro introdujo la introducción del alemán al español a través de la Academia Nicaragüense de la Lengua.
Así llegó a mí el título Rubén Darío, bajo el divino imperio de la música ”, producto de una purificante investigación, inspirada por la afirmación del poeta de recorrer los pasos del porvenir.
Ya Erwing Mapes lo había anticipado en la consolidación de la consecuencia que transformó a la lengua española en un cuerpo sonoro.
Partes de esa organicidad palpitante es analizada por el empeño de la estudiosa alemana. La concepción está en poemas seleccionados: métrica, ritmo diverso, matiz liberado.
Y es así cómo se yergue La Marcha Triunfal , exprimida la trinidad de ritmo, armonía y melodía, esculpida en Sonatina acaso el poema más musical por los tiempos marcados. Al otro lado de su versatilidad temática, la ensayista lo remonta a la adolescencia cuando pone a llorar al laúd ( Los sollozos del laúd ).
El encanto se expande en la época que hizo consagración en las aguas melodiosas: Canto épico, Cantos de Vida y Esperanza, El canto Errante, Cantos a la Argentina, Baladas y Canciones . Podía escucharse al tenor en las estrofas con motivación barroca.
No podían eludirse las travesuras en el órgano de la Recolección, el hábito de acudir al acordeón con furioso frenesí. Rubén en conjunción lacrimosa y festiva. Concibe una íntima coherencia entre sus nocturnos y los de Chopin.
No se queda atrás influenciado en Rameau y Lulli en el galante barroco, minuet, gavota y contrapunto. Se une a Beethoven, Botticelli y Schubert en Prosas profanas . Humildemente se rinde de admiración ante Wagner. Rubén, la música rítmica del lenguaje.
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