Cinco años después de liderar a los Bastardos sin gloria , de Quentin Tarantino, Brad Pitt regresa al teatro de operaciones de la Segunda Guerra Mundial, pero ahora en clave sería y sombría. Corazones de hierro sigue la senda de la Segunda División Armada de los EE. UU., avanzando sobre la Alemania ocupada. El ejército nazi convulsiona en los últimos estertores de la muerte, pero no termina de rendirse. Saber que curso tomó la historia le da un matiz aún más trágico a los eventos en pantalla.
Pitt es Don “Wardaddy” Collier, sargento de un tanque Sherman que incluye a una típica banda de renegados: Boyd Swan (Shia LaBeouf) tan religioso que le llaman “Biblia”; el proletario Grady Travis (Jon Bernthal), el más rudo del equipo; y Gordo (Michael Peña), un mexicanoamericano con un insulto en español siempre listo a flor de labios. La primera vez que encontramos al grupo yacen aún en shock dentro del tanque, los únicos sobrevivientes de una batalla apocalíptica. El quinto miembro de esta familia ha muerto en el fragor del combate. Su cuerpo, aún erguido en su asiento pero sin cabeza, es una de las primeras imágenes de pesadilla que el director David Ayers retrata en pantalla.
El arco narrativo de la película sigue la educación bélica de Norman (Logan Lerman), el infortunado mecanógrafo asignado a tomar el lugar del artillero muerto. Su primera tarea es limpiar los restos de su antecesor, incluyendo un pedazo de la cara, extendido como una máscara siniestra sobre el metal. Ayers muestra los efectos de la violencia de manera rápida, pero directa. No detecto sensacionalismo en su método. Más bien, creo que está tratando de balancear la idealización del clásico filme de guerra con la sangrienta realidad del campo de batalla. El simbólico caballo blanco que galopa en la primera escena, y que hace una fugaz aparición en el escenario final, parece ser la única concesión al romanticismo. La guerra es simplemente un infierno lleno de sangre, lodo y muerte.
La escuadra avanza de misión en misión con ritmo episódico. No sé si la reproducción del tedio es intencional, pero algunas secciones se sienten como tiempo muerto. Sin embargo, Ayers logra conjurar tres escenas que hacen la película indispensable. Una batalla entre cinco tanques norteamericanos y un tanque alemán es emocionante y aterradora a la vez, con el suspenso potenciado por un texto inicial que nos informa sobre la superioridad técnica del armamento nazi. El desenlace que condena a los protagonistas a defender una encrucijada hasta las últimas consecuencias es uno de los mejores actos finales que verá en el cine este año.
Pero para mí, la razón de ser de la película reside en una larga escena que tiene lugar en un pueblo ocupado, a mitad del metraje. Don y Norman detectan movimiento en un apartamento ocupado por dos mujeres jóvenes (Anamaria Marinca y Alicia von Rittberg). La eventual confrontación esta preñada de ideas sobre género, la dinámica entre vencidos y vencedores, juventud versus madurez, y la fragilidad de los ritos más mundanos de la vida en medio de la guerra. Cuando el resto de la escuadra irrumpe en la escena, el discurso se tuerce a un lugar más oscuro, teñido por diferencias culturales y de clase, dentro del mismo grupo de soldados.
Nada de esto es verbalizado, todo viene implícito en acciones, miradas y palabras oblicuas. Es como un cortometraje completo en sí mismo, que pone en evidencia el potencial de Ayer. Algún día hará una película excelente. Corazones de Hierro es un buen paso en esa dirección.
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