Los fanáticos rivenses volvieron a teñir de naranja las graderías del estadio Yamil Ríos Ugarte, anoche en el quinto juego de la Serie Final. LA PRENSA/Maynor Valenzuela

Noche de mangos en las tribunas

Se fue la luz en Rivas anunciando el luto, la duda entre las personas de la ciudad se sostuvo hasta el último minuto antes de empezar el partido.

Se fue la luz en Rivas anunciando el luto, la duda entre las personas de la ciudad se sostuvo hasta el último minuto antes de empezar el partido. El Estadio Yamil Ríos Ugarte no vibraba desde las 3:00 p.m., se encontraba en el abandono de una fanaticada que revivió conforme pasaba el juego. Esta vez los boletos sobraron, alcanzaron las hormigas, los alfileres tomaron espacio, pero las 4 mil almas congregadas suspiraron en cada anotación del conjunto que los regresaba a la vida.

“Gigantón”, la mascota del equipo, apareció hasta el tercer episodio, seguro pensó “no hay orquesta de alaridos que dirigir”, hasta que el madero regresó, la caja registradora de carreras se mostró y el júbilo empezó a hervir. Una danza de ceros coloridos del venezolano abridor del encuentro, José Escalona,  cambió la alegría por la tristeza en Rivas e inició una transformación religiosa. Los ateos empezaron a rezar y los conversos a creer.

Seis tambores, cuatro modelos y 20 seguidores fieles  se estacionaron con la esperanza de regresar a Managua cargando un título demócrata, sin hegemonía para ninguno. Los 30 boeristas en las tribunas no fueron suficientes para alentar al conjunto. Al parecer los Indios se acostumbraron a los llenos de más de 15 mil personas que se albergan en el Estadio Denis Martínez.

Los grandes animadores de la noche no fueron las “Chicas Latinas” que al ritmo de sus caderas desviaban miradas, sino los protagonistas del partido, Mark Josep, como una sombra a la espera de una oportunidad  calló los tambores de la barra brava del Bóer, Dwigth Britton los amordazó y Escalona con sus picheos inteligentes destruyó las ilusiones.

Anoche Rivas fue un mar de sensaciones. Desde la incredulidad hasta la paciencia, desde el amor hasta el odio, desde la venganza hasta la felicidad. El empuje anímico llegó al equipo y  alentó a los espectadores, una lección  de no darse por vencido, un canto que aún el sarcófago no está cerrado y en medio del nudo en la garganta de la gente. Un equipo que mostró sintonía, donde el picheo encontró la frecuencia con el bateo brindando un manjar para los que creyeron, compraron sus boletos y los animaron de inicio a fin. Mañana en la capital los mangos vestirán naranja.

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