El título de este artículo trae a la memoria la popular y centenaria mezcla de refrescantes cubos de hielo, ron, bebida de cola y lima o limón y hasta quizás evoca la leyenda que asocia esta bebida al grito de batalla de las tropas cubanas en el giro del siglo XX y al brindis victorioso “Por Cuba Libre” junto con las tropas estadounidenses al celebrar el fin de la guerra hispano-cubana-norteamericana y la entonces reciente independencia de la isla. Pero dado los últimos cincuenta y tantos años de represión dictatorial bajo los hermanos Castro, hoy nadie piensa realísticamente en las posibilidades de una Cuba libre a un plazo cercano.
Sin embargo, las libertades fundamentales, los derechos humanos y las oportunidades individuales que se le han negado al pueblo cubano por más de cinco décadas son el foco de la política hacia Cuba, a la que se ha comprometido el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama.
El presidente estadounidense desde hace varios años ha manifestado su propósito de liberar a los isleños del régimen totalitario y su intención de que ese pueblo pueda llegar a determinar su futuro libremente. Él ha apoyado programas en tres áreas: de asistencia humanitaria a prisioneros políticos en Cuba y sus familiares. De promoción de derechos humanos, independencia de la sociedad civil, consolidación de habilidades de liderazgo, de oportunidades para la organización comunitaria. De normalización de los flujos de información dentro de la isla y con el exterior. En efecto, los Estados Unidos (EE. UU.) gasta decenas de millones de dólares con ese fin. Si esto suena alentador, los resultados son desmoralizadores.
A pesar de todo, el pasado 17 de diciembre, el presidente Obama anunció que los EE. UU y Cuba comenzarían la restauración completa de las relaciones diplomáticas rotas hace más de cincuenta años. Después de negociaciones secretas entre ambos países, con la ayuda del papa Francisco, también se pretende poner fin al embargo comercial, económico y financiero que los EE. UU. impuso y mantiene sobre Cuba desde 1960.
Algunos están esperanzados que el levantamiento de este embargo, el cual se hace cumplir por un número de leyes amplias y exhaustivas, incluyendo la Ley de Comercio con el Enemigo (TWEA por sus siglas en inglés) de 1917, ayudaría a sacar a los cubanos de la pobreza. Esas esperanzas están basadas en la ilusión de que Cuba entraría en una transición histórica reformatoria y con una economía de mercado de la mano de los EE. UU.
Lo sobrecogedor de este caso es que los hermanos Castro y su maquinaria no constituyen un gobierno, sino una entidad delictiva. Uno solo puede imaginarse la posición caprichosa y ventajosa para la que Cuba se está preparando. Miles de millones de dólares anuales provenientes de enemigos tradicionales de los EE. UU. —en forma de ayuda exterior— han llegado a Cuba desde que Fidel Castro tomó el poder en 1959.
Esta ayuda ha tenido dos indefectibles funciones en la
que los hermanos Castro han derrochado sistemáticamente los recursos de Cuba: exportar terrorismo y revolución bajo pretexto de “solidaridad socialista”; y en mantener un avanzado sistema de represión interna de un extraordinariamente alto costo, el cual les permite controlar la movilización de cada ciudadano en cada pulgada cuadrada del territorio nacional.
Aquí no hay mezcla de refrescantes cubos de hielo y demás ingredientes, sino cañones y represión. Todavía no ha llegado ese futuro momento para un brindis victorioso por una Cuba libre.
El autor es economista y escritor.
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