El año ha llegado a su final y las celebraciones de despedida se multiplican sin fin. Opíparas mesas se engalanan para el festejo y los colores rojo, verde y dorado, típicos en estas celebraciones, se aprecian profusamente en detalles de todos los tamaños y formas imaginables.
Alegría, amor, deseos de felicidad y triunfo en el año que está por comenzar, abrazos, besos, solicitud de perdón a faltas cometidas, propósitos de enmienda, visitas a familiares y amigos dando y recibiendo regalos. Todo es maravilloso, mágico, de ensueño. Nicaragua continúa luchando para que esto sea una constante, niños sin hambre, con alimentos, educación, caritas alegres, reviviendo el mágico momento de la Navidad, con la seguridad de que mañana tendrán pan en sus mesas. Muchísimas familias, centenares, miles de cabezas de familia anhelan tener un puesto de trabajo, termina un año y comienza otro con la fe de mejorar las condiciones, desaparecerán las ropas raídas, zapatos desgastados y la desesperanza rodeándolo todo. Habrá festín, saludos, abrazos, regalos.
Los nacimientos confeccionados aún en muchos de nuestros hogares recuerda a nuestros niños que es la representación de la natividad del Redentor del mundo, el que predicó el amor, el que pidió unidad, comprensión y ayuda al prójimo, el que propugnaba por la paz entre los hombres, el que pensó que con su muerte redimía al mundo, lavaba los pecados y establecía un renacer más que físico espiritual, en la mente de cada ser humano.
La esperanza consiste en que todo esto llegue a ser una feliz realidad.
¡Gloria a Dios en el cielo y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad!
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