Nunca sabremos qué tipo de big leaguers pudieron haber sido Omar Linares, Orestes Kindelán o Antonio Pacheco, solo por mencionar a tres astros del beisbol cubano.
Pero tras el éxito de José Abreu, Yoenis Céspedes y Yasiel Puig, es natural creer que pudieron haber sido cañoneros de gran impacto.
Y mientras Jorge Soler se alista para prenderle fuego a la Liga Nacional con los Cachorros de Chicago, Yohan Moncada, la última gran joya del beisbol cubano, espera la autorización para negociar.
Lo cierto es que el beisbol cubano se ha vuelto a poner de moda en el mercado. Yasmany Tomás ha conseguido 68.5 millones de dólares de Arizona y Rusney Castillo, 72.5 millones de Boston.
Otros veteranos como Alfredo Despaigne, han firmado para el beisbol japonés (por 4.2 millones) mientras Yuliesky Gourriel está negociando con dos planteles nipones, pero desde la isla.
Y mientras esperamos para averiguar si Castillo y Tomás merecen tanto dinero, lo cierto es que se está dando una mayor flexibilidad en el manejo del beisbol cubano, forzado por la circunstancia.
Ante tantas deserciones, Cuba tendrá que diseñar un sistema no solo para parar la salida de sus jugadores deseosos de ganar mejor y probarse al máximo nivel del juego como son las Mayores.
El punto también, es que Cuba hace una inversión en estos jugadores, como la hacen particulares en Dominicana o Venezuela, recibiendo buena recompensa.
Los contratos de Despaigne y Gourriel, son una buena señal de lo que podría darse en el beisbol de la isla, que ha comenzado a enfrentar su realidad con una mente un poco más abierta.
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