Entre 2003 y 2012, el PIB en dólares corrientes de los países de ingreso medio creció a una tasa promedio anual del 14.2 por ciento. Algunas perso
nas podrían interpretar esos resultados de los países de ingreso medio como consecuencia del crecimiento en la cantidad real de bienes y servicios que producen sus economías, pero esta conclusión sobreestimaría el crecimiento real de dichas economías.
Lo cierto es que, cuando se mide en términos reales, es decir ajustado por los aumentos de precios, el PIB de la mayor parte de estos países creció a una tasa promedio anual de entre 3 y 5 por ciento.
La diferencia entre ambas tasas es atribuible a la mejoría en el precio relativo de las exportaciones, debido al boom de los commodities, y a que en muchos casos sus monedas locales experimentaron una importante sobrevaluación en relación con el dólar, por lo que el PIB medido en dólares corrientes aparece “inflado”. Estos tres factores que contribuyen a explicar el crecimiento del PIB medido en dólares corrientes —los aumentos de la producción real, el aumento en el precio relativo de las exportaciones y la apreciación del tipo de cambio real— no son independientes entre sí.
La mejora de los términos del intercambio resultante del boom de los commodities y las entradas de capital suelen dar lugar a una expansión del gasto interno de consumo e inversión que impulsa el crecimiento real, por lo que estos países pudieron crecer más rápidamente. Pero al mismo tiempo experimentaron una apreciación del tipo de cambio real al expandirse el gasto interno de los mayores ingresos por exportación y también debido a que, sobre todo cuando a ello se agregan las entradas de capitales, los dólares se tornan relativamente más abundantes y baratos.
Lo anterior permite comprender por qué, en la mayoría de los países emergentes, el crecimiento del PIB en dólares excedió por mucho lo que cabría esperar como resultado del crecimiento real y de una aprec
iación consistente con el denominado efecto Balassa-Samuelson.
Pero las mejoras en los términos de intercambio y las entradas de capital no suelen continuar permanentemente: a la larga o bien se estabilizan, o se invierte su dirección. En la práctica, si bien los precios del petróleo, los metales y los alimentos crecieron a tasas muy altas después de 2003 y alcanzaron sus máximos históricos entre 2008 y 2011, a estas alturas nadie espera aumentos similares en el futuro. Lo mismo se puede decir de las entradas de capitales.
Lo que cabe esperar ahora es que la misma dinámica que en los años de auge “infló” el valor del PIB medido en dólares tenderá ahora para “desinflarlo”: Unos precios estables o menores de las exportaciones, y menores entradas o incluso salidas de capital reducirán el crecimiento real y harán que las monedas domésticas dejen de apreciarse.
Esto podría ser interpretado solo como una repetición de lo que suele ocurrir con los que José Antonio Ocampo denomina “superciclos” de los commodities: la fase de auge en los precios de las commodities da lugar a una indetenible euforia, seguida de las lágrimas y los lamentos cuando termina la fiesta.
Pero en esta ocasión las consecuencias pueden convertirse en irreversibles: la mayor parte de los países desperdiciaron una de las pocas y últimas oportunidades que tendrán disponibles, en condiciones en que la mayor parte de ellos está a las puertas de arribar, en las próximas décadas inmediatas, a una fase en que la población en edad de trabajar comenzará a declinar mientras el número de adultos mayores comienza a expandirse con inusitada rapidez como porcentaje de la población total.
(*)Economista [email protected]
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