Joaquín Absalón pastora

Bienvenida y resurrección

Navidad es el alba del proceso cristológico. Cuando el niño nace en un rústico pesebre proclama con orgullo divino que sobre ese nivel andará sus sandalias. Existe un contraste abismal entre la vanidad absorbente de los nuevos tiempos —la modernidad luciendo las galas de turno— y la pobreza con que vino al mundo el hijo de Dios en cuyo nombre se justifica precisamente —vaya paradoja— el derroche, los estilos de vida ostentosos, lo cual no cuadra con el mensaje puesto con claridad histórica: el establo simbolizado por la fidelidad hacia la humildad en los nacimientos puestos en los hogares para sentir a la tierna imagen que abre los ojos con la luz prevista de la redención.

Mientras la modestia se manifiesta en el lecho original, la humanidad viviente apoyada con los recursos de la moneda, incurre en el desmesurado consumismo a los que da “rienda suelta”. La contradicción promueve sus parámetros cuando se vale del pretexto piadoso y espiritual de la Navidad para aupar a la comercialización mucho más acentuada llegando esta a ser más notoria y culminante que el acontecimiento de la natividad suprema, de las nuevas hojas de vida creadas para las futuras generaciones escritas en aquel tiempo con madurez milenaria.

Lo ideal sería que haya una identificación justa entre los dos caracteres y no hacer énfasis en el desnivel. Bien puede concebirse —comprenderse— el mensaje que envía Dios al hijo amado al que nunca vistió con la túnica esplendorosa mucho menos la colorida que inútilmente lucieron los falsos profetas.

Ninguna relación tiene el “viernes negro” con la Navidad, una “copia al carbón” del sistema de Estados Unidos. Empero se invita en nombre de la Navidad a la acción material y excéntrica de devorar productos que bien pueden ser adquiridos en cualquier otra época del año sin que la promoción se valga de la excelsitud de la llegada del Mesías. Cuanta diferencia entre lo uno y lo otro. Cuanta distancia entre la locura y la racionalidad. Las campanitas dejaron de sonar en las vitrinas. La oración quedó para las minorías. Tampoco constituye una actitud errada la complacencia de un regalo, con un presente afectuoso, principalmente cuando el estímulo fortalece a las familias.

La Navidad es bienvenida y resurrección, extiende sus amapolas con la gracia triunfal del advenimiento. El niño lleno de la devoción ecuménica es tenido como un invitado en la casa de cada uno de nosotros. Somos los anfitriones temporales por ser más que nunca en esta época, los militantes de la fe, por ser beneficiarios de la paz que legó con su sacrificio con la puesta dolorosa en la cruz, por eso puso la corona sobre la testa del auge en un acento final que ha refrescado a la humanidad desde siempre. El mundo requería los servicios sublimes del Redentor.

Tanto en el homenaje a la Virgen Madre cantada en la euforia nocturna del 7 de diciembre, tradición única y ancestral de los nicaragüenses, intercesora que iza la bandera de la castidad, como en el nacimiento hay una función exquisita, múltiple a veces, etérea y orgásmica. Hay testimonio de la renuncia del egoísmo, del ánimo gradual de compartir las delicias de la felicidad en una sola y entrañable bifurcación. Es el efecto inmenso de Dios bajando a la latitud en la trama excelsa y batida de los optimismos.

El autor es periodista.

COMENTARIOS

  1. alvaro
    Hace 12 años

    Demasiada poesía la verdad, cuando es una época del año de puro negocios e idolatrias

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