Centenaria tradición en nuestra cultura popular ha sido la “cartita al Niño Dios”, que año con año nuestros padres y abuelos nos hacían escribir con “buena letra y buena ortografía” y colocarla debajo de la almohada, convencidos de que de acuerdo con nuestro comportamiento y rendimiento escolar recibiríamos los regalos solicitados.
Los que profesamos la religión católica, asistíamos fervorosos acompañados de los adultos de la casa a la novena al Niño Dios, que desde el día 15 de diciembre iniciaba a las 4:00 a.m. en la iglesia del pueblo y terminaba el día 24.
En Diriamba, mi ciudad natal, el frío de la madrugada nos obligaba a abrigarnos muy bien, para no “pescar” un resfriado que nos impidiera cumplir con nuestra obligación cristiana de asistir a la novena completa.
Particular atractivo, rodeaba también a la “misa del gallo”, celebrada a la medianoche del 24, con mucha pompa y solemnidad, de parte del cura párroco del pueblo acompañado de otras autoridades eclesiásticas invitadas para la ocasión.
Después de la algarabía, producida por los cohetes de colores y triquitraques, las campanas al vuelo anunciaban al mundo el nacimiento del niño Jesús.
Hasta en ese momento y después de la cena de medianoche, en la que participaba toda la familia, podíamos abrir los ansiados regalos, comprobando —lista en mano— si estábamos recibiendo lo que habíamos solicitado.
Si faltaba algo, rápidamente nuestra madre o abuela alegaban que no habíamos cumplido a cabalidad, ya fuera en la escuela o en el hogar las tareas asignadas y que debíamos redoblar esfuerzos para el año venidero.
Aunque hoy, los niños soliciten ipods, tabletas, celulares de última tecnología, videojuegos y por supuesto sin escribir —en la mayoría de los casos— la tediosa “carta al Niño Dios”, con buena caligrafía y buena ortografía.
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