Me dijeron que no existe un Dios
que abrace a hombres que se entregan a otro hombre,
que no he hecho más que enterrar el puñal
de la mentira en mi pecho hueco
donde habitan mil plegarias anónimas,
pues la voz del pecado no reverbera
en este templo de columnas agrietadas.
Me dijeron que el Verbo no da tregua
a quienes estallan actos
de amor, y abrazan su reflejo en las llamas
del reino sin nombre.
Me dijeron que el pene es envuelto por el Diablo
bajo el manto de la bruma del engaño,
como títere de madera gruesa y dura
que se arrastra y succionan
demonios en un teatro antiguo.
Dijeron que soy solo una infame presa
empañada de pensamientos confusos
hasta reducirla a muerte;
muerte del madero de brazos abiertos
que se erige en el patíbulo de los tres acusados,
muerte de las aves acorraladas en un campo de minas,
muerte en las llamas de la hoguera de la blasfemia,
muerte de la vida sedienta de amor mutilado,
muerte de la farsa de un cuerpo débil del oprobio,
muerte desde el centro de las olas que rompen en mi boca contenida por besar.
No existe alma, no existe
la voz sempiterna que habite el hueco del pecho.
Un golpe frío en el misterio de la noche
me despertó y acorraló en una esquina de mi cama,
y como despojo temeroso de una epifanía
el relámpago de una voz de fuerza insondable me dijo:
“Yo no soy de este mundo”.
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