El día duro de doña Violeta
Déjenme recordarles un episodio feo. Edificio Olof Palme, 2 de septiembre de 1993. Doña Violeta habla en el acto del 14 aniversario del entonces Ejército Popular Sandinista. Ella es la presidenta de Nicaragua y, para sorpresa de la mayoría, anuncia que el todopoderoso general Humberto Ortega, ahí presente, dejaría el cargo de jefe del Ejército el próximo año. Tan pronto terminó su discurso el general Joaquín Cuadra, jefe del Estado Mayor; Humberto y Daniel Ortega rodearon furiosos a doña Violeta. Daniel Ortega casi llega a la agresión física, según testimonio de los presentes, y le habría dicho: “¿Y vos qué te creés? ¿Acaso sos la dueña de Nicaragua?” Fue el día más duro de doña Violeta. Pensó en renunciar, según contaría en una entrevista de mi libro Secretos de Confesión.
Ejército de Nicaragua
Ese día, sin embargo, fue trascendental para Nicaragua. No solo se dispuso la salida de Humberto Ortega, sino que se estableció que, en lo sucesivo, “el plazo del comandante en jefe del Ejército no deberá exceder de los cinco años”, se anunció el cambio de nombre del Ejército y que la Dirección de Información para la Defensa (DID) pasaba a ser dirigida por civiles, entre otras medidas que se recogerían en un proyecto de Ley que luego pasó a la Asamblea Nacional para su aprobación. Ese fue el gran salto que dio el Ejército, desde una institución partidaria a una “nacional”. Y solo eso explica el gran disgusto de Daniel Ortega en ese entonces.
Tambores de guerra
Humberto Ortega habló de que se estaba “jugando con fuego”, de “traición” y “engaño”. Joaquín Cuadra de “estocada”. Y Antonio Lacayo, el ministro de la Presidencia y yerno de doña Violeta, reconocería que temían que “el Ejército se solidarizara con los Ortega y quisiera pasar a más”. Al final, la tormenta, no ocurrió. Al contrario, el Ejército entró en su mejor momento y la población comenzó a reconocérselo calificándolo en las encuestas como una de las instituciones con mayor credibilidad y prestigio del país.
Apartidista
Vale la pena recordar este fragmento del discurso de doña Violeta ese día: “Al Ejército no debe importarle que gobierne un partido u otro, que el presidente sea verde o rojo, de centro, derecha o izquierda, sino que sea electo popularmente, honestamente y de acuerdo con la Ley. Los militares en el ejercicio de su profesión tienen que ser una fuerza de balance que apoye la Constitución. No deben tomar parte en luchas, ni actividades políticas. Si toma partido en la política, se convierte en partido político armado, provoca el armamentismo de otros partidos políticos y por consiguiente la guerra civil”.
Buenos cambios
Ese día Nicaragua se jugó la precaria estabilidad que había logrado en tres años. Pudo desencadenarse, efectivamente, otra guerra. Muertes. Si no la hubo fue porque en ese momento era muy difícil defender como válidos los intereses de un pequeño grupo contra los de toda la nación. Veinte años después, nadie, nadie puede decir que los anuncios de doña Violeta aquel 2 de septiembre de 1993 perjudicaron a Nicaragua, sino todo lo contrario.
Prehistoria
Sucede, no obstante, que desde la llegada al poder de Daniel Ortega ese Ejército profesional que quiere ser, viene siendo desmontado pieza por pieza con la deliberada intención de llevarlo hacia su prehistoria. Hacia aquella época primitiva en la que el verde olivo se confundía con el rojinegro. Ya convencieron a un jefe que puede quedarse más allá de los cinco años que establece la ley. Y ese hecho, que a primera vista parece un favor personal tonto, significa un retroceso de veinte años y la posibilidad de que en el futuro se llegue otra vez a ese lugar del que costó mucho salir.
Pernicioso
Si el general Julio César Avilés decide quedarse más allá de sus cinco años de ley, ¿tendrá que venir otra doña Violeta a sacarlo? Volver al jefe militar que nunca se va, no solo es pernicioso porque “taponea” a las otras camadas de oficiales, ni porque el cargo de jefe del Ejército pasa a depender de la voluntad de un hombre y no de un proceso, sino también porque el retiro se vuelve una especie de humillación pública, como sucedió con Humberto Ortega aquel día de 1993. Y cuando el que controla las armas se siente humillado, todo puede pasar. Como pudo pasar aquel día. Aprendamos las lecciones.
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