El fin de la vida es la muerte. Es innegable, por eso cuidarla es nuestra responsabilidad. Somos frágiles, nos enfermamos y debemos apreciarla.
Esta adorable verdad de lo que representa se ve destruida en unos instantes por aquellos que van al volante y que desobligadamente se olvidan de que somos personas las que transitamos por las calles sin acera o por las carreteras.
La conducta irracional de la agresión, la violencia, el irrespeto que cobra vida de niños y adultos ancianos por personas que llevan prisa, ira o rabia pareciera que el auto es el vehículo para descargarla contra aquel que se dirige hacia la escuela, al trabajo o a su casa.
La irresponsabilidad llega al grado de padres que autorizan licencias de conducir a hijos pre-adolescentes, quienes no están preparados ni física ni psicológicamente para asumir tal responsabilidad.
Lo irracional del que conduce debido a la ingesta del licor llega a los límites de la falta de respeto a la vida de sí mismo y de la de los demás. Las reacciones de quienes hacen tan enorme falta de amor a la vida, beber y conducir nunca da buenos resultados. No lo haga.
La razón, lo humano, nos llama a respetarnos, a considerarnos, a obligarnos a que todos los que conducimos lo hagamos de forma responsable y adulta porque la vida es nuestra y delicada, y debemos apreciarla. Seamos responsables.
En esta época (donde hay muchos festejos debido a las celebraciones navideñas y fin de año) hay un fenómeno y es que perdemos el control en todo lo que hacemos. El consejo es que vayamos con calma y disfrutemos lo maravilloso de esta época. Nuestra vida es valiosa, nuestra familia y los demás a quienes nos debemos somos una sociedad.
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