[doap_box title=»Principales masacres ocurridas en méxico en los últimos años» box_color=»#336699″ class=»aside-box»]
2008: 12 de septiembre: Hallan 24 albañiles ejecutados en un poblado de la zona La Marquesa, en los suburbios de la capital, secuestrados días antes presuntamente por el cártel de La Familia.
2009: El 2 de septiembre un comando armado asesina a 18 personas en un centro para rehabilitar adictos de Ciudad Juárez.
2010: El 31 de enero sicarios irrumpen en una fiesta juvenil en Ciudad Juárez y matan a 15 asistentes, en su mayoría adolescentes.
11 de junio: Pistoleros asesinan a tiros a 19 pacientes y trabajadores de un centro para drogadictos en la ciudad de Chihuahua.
18 de julio: 17 asistentes a una fiesta son acribillados en las afueras de la ciudad de Torreón.
24 de agosto: Militares mexicanos localizan en un rancho cercano a San Fernando (Tamaulipas) los cadáveres de 72 inmigrantes de El Salvador, Honduras, Guatemala, Ecuador y Brasil.
2 de septiembre: Un grupo de 22 turistas mexicanos son secuestrados en Acapulco. Los cuerpos de 18 de ellos son hallados casi dos meses después.
24 de octubre: En Tijuana matan a 14 internos de un centro de rehabilitación para adictos.
2011. El 8 de enero: Hallan 15 cadáveres decapitados al exterior de un centro comercial de Acapulco.
6 de abril: Se inicia el hallazgo de más de cuarenta fosas clandestinas cerca de San Fernando (Tamaulipas,) en las que se descubren 193 cadáveres. De forma paralela en el Estado de Durango son hallados otros cementerios clandestinos con unos 250 cuerpos.
25 de agosto: 52 personas mueren en el incendio desatado por sicarios en un casino de la ciudad de Monterrey.
20 de septiembre: Los cadáveres de 35 personas son arrojados en dos camionetas bajo un puente vial en la zona metropolitana de Veracruz.
6 de octubre: Hallan 32 cadáveres en tres inmuebles de Veracruz en un operativo en el que son detenidos 12 miembros de una célula de sicarios.
23 de noviembre: Aparecen 17 cadáveres calcinados en dos puntos de la ciudad de Culiacán.
30 de junio de 2014: Una patrulla del Ejército ejecuta a 22 jóvenes sospechosos de pertenecer a un cártel luego de que se habían rendido o estaban heridos en el municipio de Tlatlaya, Estado de México.
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Una pancarta expuesta en una plaza de México por una estudiante de rostro indignado en un escenario nocturno, exponía un mensaje sencillamente espeluznante: ¿Qué cosecha un país que siembra cuerpos? La foto, que se volvió viral en las redes sociales, era apenas uno de tantos mensajes de indignación por la matanza del pasado 26 de septiembre en Iguala, municipio del Estado de Guerrero (Suroeste de México). Aquella noche la Policía preventiva municipal de Iguala cazó como zombies en película de terror a estudiantes de magisterios que se proponían protestar en demanda de mejor presupuesto para su escuela y recaudar fondos para sus actividades académicas, culturales y políticas.
De acuerdo con los reportes de los medios mexicanos, a los estudiantes, los trataron como si pertenecieran a un cártel rival. Y ese trato no era extraño en el macabro contexto de sus cazadores: eran policías, militares y sicarios bajo el mando de una estructura política-estatal que era, a la vez, la estructura oficial del sanguinario cártel de los Guerreros Unidos.
Eran ochenta alumnos de la Normal Rural de Ayotzinapa y el día de la masacre iban, entre otras cosas, a buscar fondos para recordar otra masacre.
El pasado 26 de septiembre en Iguala habían organizado una colecta de recursos para financiar su asistencia a la marcha conmemorativa de la masacre del 2 de octubre de 1968 en la ciudad de México.
DE TLATELOLCO A IGUALA
Pero no llegaron al destino donde iban a recordar la masacre de Tlatelolco, porque los balearon a mansalva por órdenes del alcalde que era, a su vez y junto con su esposa, líder del cártel narcotraficante Los Guerreros Unidos.
A los estudiantes, que se les tenía por subversivos, de izquierda y bravos a la protesta social, los persiguieron primero los uniformados y luego se formó una caravana de pistoleros vestidos de civil, militares en traje de fatiga y sicarios que les dispararon como enemigos en una guerra abierta.
Según las crónicas de los diarios mexicanos, al normalista Julio César Fuentes lo atraparon herido, le sacaron los ojos y le arrancaron la piel de la cara. Lo desollaron vivo.
En una larga orgía nocturna, el amanecer fue literalmente rojo: policías municipales y pistoleros de civil y sicarios del cártel, asesinaron a tiros a seis personas; 27 resultaron heridas, un estudiante quedó en estado vegetativo y lo peor, se desconoce el paradero de 43 estudiantes.
Al menos veinte de los desaparecidos, fueron obligados a subir a camionetas de la Policía municipal por órdenes de los líderes del cártel.
¿POR QUÉ LOS MATARON?
José Luis Abarca Velázquez y María de los Ángeles Pineda Villa formaban un matrimonio poderosamente letal en Iguala.
Él, como alcalde, dirigía la Policía y ella, como esposa del alcalde, dirigía la organización de los narcos y lavaba dinero tras la fachada de centros de ayuda social.
Ese 26 de septiembre, María de los Ángeles Pineda de Abarca, rendía su informe de actividades benéficas en el zócalo de la ciudad, como parte de un plan de lanzarse como aspirante a la Alcaldía para 2015 y así, al aumentar el poder de su figura, cobijaría la estructura narco de enorme influencia política gracias al apoyo del izquierdista Partido de la Revolución Democrática, al que pertenecían.
Ese día ella empezaba su carrera política y para ello contaba con el apoyo de su marido, el respaldo del PRD y el aval de los narcos que tenían infiltradas totalmente a las autoridades locales, a tal punto que las investigaciones sugieren que era un miembro del cártel quien elegía los policías que entraban a servicio.
Pero ese día llegaron los estudiantes de la Escuela Rural Normal de Ayotzinapa, los mismos que en junio del 2013 llegaron a la ciudad, acusaron al alcalde del secuestro, tortura y asesinato de un líder campesino, Arturo Hernández Cardona y atacaron a pedradas la sede municipal, edificio que dejaron lleno de pintas mensajes contra el regidor.
La presencia de los estudiantes y la posibilidad de una protesta que opacara el lanzamiento político de la mujer del alcalde, alteró los nervios de la pareja y dieron la orden de detener a toda costa los tres buses en que se movilizaban los normalistas.
DISPAROS POR DOQUIER
La orden la acató de inmediato el secretario de Seguridad Pública, Felipe Flores Velázquez, hoy prófugo, pero encargado de las fuerzas policiales durante la noche de la masacre y presunto socio del alcalde en negocios vinculados a la protección de los cárteles de la droga.
Así las cosas, en un primer momento, policías uniformados les dispararon a los tres autobuses de la empresa Costa Line.
Enseguida, pistoleros de civil, posiblemente policías fuera de turno y llevados de emergencia, se apostaron en la ruta a dispararles.
Otro grupo de civiles, sicarios del cártel, disparaban y perseguían a los buses indiscriminadamente, a tal extremo que por confusión dispararon ráfagas contra el camión en el que se trasladaban los jugadores del equipo de futbol local Avispones.
Los estudiantes, amenazados, tomaron la ruta de salida de la ciudad y planeaban su retorno a casa, pero los narcos-policías entendieron que la orden era matarlos, no repelerlos.
Y pidieron refuerzos a la estación policial vecina Cocula, dominada por los narcos. Ellos destinaron patrullas a perseguir los buses de los estudiantes y pusieron retenes policiales para obligarlos a bajar.
Así fue que capturaron, degollaron, desollaron y le sacaron los ojos a un estudiante, tal como lo hacen con los rivales narcos acusados de traición o invasión de territorios.
ENTREGADOS COMO NARCOS DE CÁRTEL ENEMIGO
Otras decenas de estudiantes fueron detenidos y trasladados en camionetas a la comandancia policial de Iguala, donde los desnudaron, obligaron a tirarse al piso y fueron golpeados brutalmente, según las investigaciones. Para completar la orden de muerte, a los capturados los entregaron desnudos y golpeados a la Policía de Cocula, dirigidos por un jefe narco a cargo del operativo.
Los montaron en camionetas policiales y los llevaron a una finca, donde los entregaron a los narcos de Guerreros Unidos que dirigían por radio la operación.
El jefe de sicarios, a través de mensajes de celular, informó al líder narco Sidronio Casarrubias Salgado que le estaba remitiendo a un grupo de Los Rojos, la organización con la que mantenían una guerra brutal por el dominio de las rutas, que habían sido capturados haciendo escándalos en Iguala, una ciudad clave en el tráfico de drogas.
La ciudad es un valle rodeado por nueve montañas en la región norte de Guerrero. Se dice que es punto de entrada a la Tierra Caliente, donde los cárteles elaboran drogas sintéticas y cultivan marihuana. En la zona operan diversas bandas del crimen organizado, controladas por Guerreros Unidos, tras la desarticulación del poder de los Beltrán Leyva.
En Guerrero la guerra de cárteles por apropiarse de las rutas ha sido brutal. Guerreros Unidos es acosado por el control de las rutas de trasiego de drogas que conectan los estados de México, Guerrero y Morelos con la Familia y Los Rojos, una célula encabezada por Leonor Nava Romero El Tigre, hermano de Jesús Nava Romero El Rojo, lugarteniente de Arturo Beltrán Leyva, abatido en 2009 en Cuernavaca.
El resultado de esta disputa ha sido sangriento: en enero de 2004, un comando armado vestido de policía estatal, asaltó el penal en el municipio, y asesinó a cinco reclusos.
Fosas con cadáveres, cuerpos tirados a la orilla de las carreteras y balaceras se hicieron comunes en la zona.
Así es que tras clasificarlos como miembros de un cártel rival, a los estudiantes los subieron en camiones de ganado y los llevaron, según las primeras investigaciones federales, por caminos rurales hacia las afueras de la ciudad cerca del cerro Pueblo Viejo.
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80,000 Es la cifra aproximada de muertos en México desde que en enero de 2006 el expresidente Felipe Calderón declaró la guerra a los carteles del narcotráfico que asolan ese país. Esto según cifras no oficiales de organizaciones civiles que dan seguimiento al tema, pero otras fuentes externas estiman en más de 90 mil las muertes violentas por la guerra.
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QUE APAREZCAN VIVOS O MUERTOS
Ahí se han descubierto nueve fosas y desenterrado treinta cadáveres. Al principio se pensó que eran los estudiantes, pero pruebas de ADN no lo confirmaron.
Ahora que se descubrió la profunda penetración narco en las autoridades de la región, se ha vuelto a abrir a debate una nueva toma de muestras para descartar si los cuerpos calcinados y enterrados son de los normalistas.
Recién descubierto el crimen colectivo, el principal sospechoso de ordenar la matanza, José Luis Abarca, declaró que la masacre de normalistas fue provocada con fines políticos: “al parecer alguien contrató a los ayotzinapos para hacer desmadres”.
Luego se fugó junto con su esposa al tiempo que el secretario de Seguridad Pública, Felipe Flores Velázquez, se esfumaba de la zona junto a dos jefes policiales más.
Y así, mientras un país entero y legiones de investigadores persiguen y buscan a los prófugos, otros millones de mexicanos y estudiantes de todo el mundo ruegan, con los dedos cruzados y la oración en los labios, que los 43 estudiantes de magisterios aparezcan. Vivos o muertos.
Ver en la versión impresa las páginas: 6 A




