La historia jamás contada

La nueva versión de

La nueva versión de Drácula es apropiadamente anunciada como “jamás contada”. Realmente, hasta ahora a nadie se le había ocurrido cruzar a los personajes inventados por Bram Stoker con 300 (Zack Snyder, 2006).

Si, Vlad el Impalador existió realmente, pero el personaje asignado a Luke Evans es un cruce entre héroe de acción moderno y el viejo chupasangre que estremeció a la Inglaterra victoriana y a generaciones de espectadores que lo han descubierto en distintas encarnaciones, desde Bela Lugosi hasta Jonathan Rhys Davies.

Aún así, Evans ha establecido sus credenciales taquilleras en las franquicias de The Fast and the Furious y El Hobbit , así que no es descabellado asignarle este tipo de tarea.

En la era dorada del Imperio Ottomano, Vlad (Evans), príncipe de Transilvania, vive en tensa convivencia con el régimen. De niño, fue secuestrado como parte de un tributo brutal: uno de 1,000 niños que habrían de convertirse en soldados del imperio. Restablecido en su reino, debe rendir tributo en metálico periódicamente, pero la ambición del príncipe Mehmed (Dominic Cooper) lo enfrenta nuevamente a la injusticia. Debe entregar otros mil niños, incluyendo a su pequeño hijo.

Sin ejército que la acuerpe, la única salida de Vlad es reclutar la ayuda de una extraña criatura oculta en las montañas. Es el Maestro Vampiro (Charles Dance), el primer hombre que trató de burlar al demonio, y que en castigo vive como alma en pena alimentándose de sangre humana. Al menos, hasta que logre embaucar a alguien que asuma su terrible condición.

Como la pésima Yo, Frankenstein , Drácula… retoma al clásico monstruo y lo mete a la fuerza en el molde del héroe contemporáneo de Hollywood. La película funciona como “historia de origen”, y las siniestras habilidades del vampiro son presentadas como “súper poderes” que emplea para dispensar justicia.

Las monedas de plata y la luz solar son la “kriptonita” de este “supervamp”. Pero la agenda de este tipo de películas no puede ser demasiado transgresora. El crucifijo no le afecta gracias a ciertas libertades creativas que asumen los guionistas: después de beber la sangre del Maestro Vampiro, Vlad tiene tres días para su cruzada. Si controla la sed y no consume sangre humana en ese período, volverá a ser un hombre normal. Así, podemos ponernos del lado del protagonista sin comprometer nuestros principios cristianos. ¡Todavía no es sirviente del diablo! La concesión hace juego con sus valores. Vlad está felizmente casado con la bella y virtuosa Mirena (Sarah Gadon), y el foco de su lucha consiste en mantener a su familia unida.

El erotismo que siempre ha estado conectado con el vampiro es anulado, no así la violencia. Drácula esta aquí para patear traseros. Como con los caricaturescos guerreros de las Termópilas en 300 , la guerra es un sangriento ritual donde se fragua el “honor”. Miles mueren en cámara rápida y cámara lenta, pero la mortandad rara vez deja que veamos la sangre derramada. Eso obstaculizaría la clasificación PG-13, la cual permite que adolescentes entren sin compañía de adultos al cine. Lo que gobierna este proyecto es el dinero, no la creatividad.

Los valores de producción son buenos, aunque como la mayoría de las películas de acción contemporánea, favorece el exceso de efectos especiales generados por computadora. La falsedad es poco disimulada. Cada nube de murciélagos CGI solo servía para darme nostalgia por los Dráculas de antaño, o por lo menos el teatral Bram Stoker’s Dracula (Francis Ford Coppola, 1992) que celebraba los efectos artesanales del cine clásico. Olvídese de este esperpento. Es Crepúsculo para machos piadosos.

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