Mi artículo anterior, Los fatólogos hizo brincar a algunos Rambos que atrapados en el pasado se proclaman como “salvadores y paladines de la libertad”, porque mi sentido común me impone odiar la guerra y a ser optimista porque es la bendición que Dios puso en mi corazón y claro este testimonio no encaja en los anacoretas que como ermitaños se quedaron encuevados sin darse cuenta que el mundo cambió, evolucionó y, junto con él, Nicaragua.
Se de dónde vengo, en qué estuve, a quién serví, qué aporté desde mis líneas editoriales en la radiodifusión y de nada me arrepiento porque es el cúmulo de mis experiencias y de los valores que sustentan mi lucha: ver a mi país montado en los rieles de la prosperidad y del progreso. Por supuesto que esta visión desde la miopía de los “mesías” es estar en la acera del oficialismo y es así porque los “fatólogos” solo quieren tristezas, desastres y que nos gocemos de las maldiciones que puedan caer sobre Nicaragua porque según ellos son el medio para derrocar a Daniel Ortega.
Yo he dicho desde los medios de comunicación en los que trabajo y de otros que me buscan para explorar mi humilde opinión que este gobierno debe devolver a los nicaragüenses la confianza en las elecciones pasando por la sustitución plena de los actuales magistrados que las regentan; he condenado los abusos de fuerza contra expresiones que disienten con la actual conducción gubernamental; he sostenido que la estructura de poder debe abrirse a los medios de comunicación independientes. Insistentemente he repetido lo insano de la confusión estado-partido y muchísimas otras cosas que frente a los Rambos pasan desapercibidas porque solo tienen oídos para escuchar que aplaudo las cosas buenas que este gobierno está haciendo y como eso no les gusta entonces dicen que estoy del otro lado.
Político en el sentido amplio no dejaré de ser nunca y aunque estoy desactivado partidariamente hablando soy liberal y sigo siendo PLC porque no soy saltimbanqui como muchos inquisidores que no admiten que el tiempo les pasó encima, que los molió y aplastó. Hoy estoy dedicado plenamente al periodismo y aunque soy opositor, sin “oposición”, no puedo hacer lo que por incompetencia no hacen aquellos que nos estafan con el cuento de la “unidad”. Estos quieren que algunos que tenemos opinión nos enfundemos en la verborrea bélica pero estando ellos tras un atril. Pretenden como en otros tiempos que algunos que ya los conocemos sigamos siendo escaleras de sus propósitos y ambiciones y como nada de eso logran lanzan bascosidades porque tienen el alma llena de odio y dientes tan afilados que devoran toda oportunidad de esperanza.
Pienso que solo la unidad efectiva puede conducirnos nuevamente al poder, pero es una utopía, porque los que se arrogan la representación de la “democracia” son más dictadores que aquellos que dicen que lo son. Son intolerantes, porque no asimilan la crítica sana para que enmienden sus errores y es por eso que antes de corregir descalifican a quien por conocerlos los cuestiona y porque eso les resulta más fácil que tomarse las calles, buscar cómo el mundo los tome en cuenta, buscar cómo pastorear las ovejas perdidas a las que ofenden e insultan y después “llaman a casa” o cómo presentar propuestas que superen a las del actual gobierno.
Soy uno de miles de liberales que sabemos que quienes nos ofrecen hoy la “salvación” son los rostros viejos y acabados de ayer que con la marca de la arrogancia en el ceño, llevaron con sus pleitos a Daniel Ortega al poder y esa lección dictada desde el 2006 sigue siendo el meollo del hoyo.
El autor es periodista liberal.
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