Parece mentira, pero algunas películas pueden satisfacer a las masas y a los críticos, al arte y al comercio. Perdida (Gone Girl), la nueva producción de David Fincher, alcanza ese punto de equilibrio, convirtiéndose de paso en una de las mejores películas del año.
Basada en el best-seller de Gyllian Flynn, Perdida arranca desde el punto de vista de Nick Dunne (Ben Affleck), escritor y dueño de un bar en un pequeño pueblo de Missouri. En su quinto aniversario de casado, Nick regresa a casa encontrando muebles volcados y señas de violencia. Su esposa, Amy (Rosamund Pike), brilla por su ausencia. Pone la denuncia y colabora con la Policía en la investigación, pero la compasión por el marido atribulado pronto da paso a la sospecha. El pueblo entero se vuelca a las labores de búsqueda, mientras los medios amarillistas construyen un cerco alrededor de Nick. ¿Sería este buen muchacho capaz de matar a su esposa y mentir al respecto?
Revelar más sería un crimen contra la audiencia. La trama se retuerce en giros inesperados, a través del tiempo y las motivaciones de los personajes. Fincher, trabajando sobre un guión adaptado por la misma autora de la novela, ha construido una narrativa que funciona en múltiples niveles. De entrada, asume el formato de drama policíaco procedimental. También critica la fascinación del público y los fabricantes de noticias con el “crimen verdadero”.
El eje más controversial se concentra en la política de género codificada en la pareja protagonista. Las mismas acusaciones de misoginia que volaron contra la novela se replican hacia la película. En el tóxico matrimonio de Nick y Amy, hombre y mujer, rotan en los papeles de víctima y victimario, santo y arpía, villano y damisela en peligro. Creo que es injusto definir la política del filme basándonos en las acciones literales de sus personajes. Fincher y Flynn —ellos mismos, hombre y mujer— deconstruyen los roles que socialmente se nos imponen y asumimos. El macho proveedor, la mujer perfecta. La realidad les pone osbtáculos insalvables a la hora de asumir esos papeles. La frustración escala. El conflicto entre la imagen proyectada y el verdadero ser es volátil. Los personajes asumen como propias las expectativas de la sociedad, negando sus propios deseos hasta que la única salida aparente es un estallido de violencia.
La película no es simplemente un tratado sociológico. Es un thriller de impecable manufactura, dirigido y editado con precisión quirúrgica. No en balde Fincher es acusado de “frialdad” con la misma frecuencia que su principal referente, Stanley Kubrick. Uno puede detectar su pulso humano en las ricas caracterizaciones de todo el reparto: Kim Dickens como la terca pero compasiva detective, una mezcla de Amy Adams y Frances McDormand en Fargo . Carrie Coon es una revelación como la hermana de Nick. Tyler Perry, quien ha construido una carrera con taquilleros sainetes melodramáticos para la comunidad negra, se reinventa ante los ojos de Hollywood como astuto actor. El abogado Tanner Bolt es el punto más visible del filón de humor que corre por la película. Affleck y Pike son excelentes. Esperen nominaciones al Óscar, si es que no se activa el sesgo de la Academia contra algo que se vende como puro entretenimiento. Perdida es mucho más que eso. Como todas las películas de Fincher, prácticamente demanda más de una visita para desentrañar todos sus secretos. No es una tarea, es un maligno placer. Tienen que ver esto para creerlo. Y véalo en el cine.
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