A la Principesa de las Frutas
la encontré saliendo de un paraíso de la eternidad
y entrando sin pecado original a un día lluvioso lleno de virtudes.
Y todo mi universo transcurrió en la puerta de ese instante
cuando apareció la lujuria y los deseos obsesivos y excesivos;
apareció la gula con todos sus excesos;
apareció la avaricia con todas sus riquezas;
apareció la pereza con la tristeza del ocaso;
apareció la ira con la fuerza del odio;
apareció la envidia sin humildad y llena de insatisfacciones en el mar de los hielos;
y apareció la soberbia, el orgullo, el deseo de ser más que los demás,
con el castigo eterno de tener más dolor que los demás.
Y aparecí yo con el pecado de amarte, que es el peor de todos los pecados,
mi dulce Principesa de las Frutas,
aparecí yo con este amor tan vehemente para que cierres la puerta del mundo,
para que abras la puerta del cielo, para que abras la puerta del infierno,
y te conviertas en víbora, ángel,
Principesa de las Frutas, medusa begonia submarina,
para qué mi vida pura y llena de pecados
te reclame.
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