Bjørn Lomborg
Los Objetivos de Desarrollo del Milenio de las Naciones Unidas para 2000-2015 están casi cumplidos y el mundo es un lugar mucho mejor debido a ello. La pobreza en Latinoamérica y el Caribe se redujo más de la mitad, entre 1990 (12 por ciento) y 2010 (5.53 por ciento). Específicamente, en Nicaragua de 1990, 6 de cada 100 niños hubieran muerto antes de cumplir los cinco años, hoy ese número se ha reducido a dos.
Entonces, el mundo está ahora considerando cómo hacer el siguiente conjunto de objetivos para 2015-2030. Estos implicarán 2.5 billones de dólares de ayuda para el desarrollo e incontables billones en presupuestos para países en desarrollo. Por lo tanto, tenemos que empezar a pensar en dónde podemos hacer el mayor bien. ¿Deberíamos enfocarnos en las enfermedades, la contaminación del aire, la desnutrición, el agua potable o la educación? La inclinación natural es decir “vamos a hacerlo todo”, pero por supuesto, hay recursos limitados, y gastar más en un tema deja menos para los demás. La priorización ocurre, nos guste o no.
Esta es la razón por la cual el Centro para el Consenso de Copenhague (CCC) ha pedido a algunos de los principales economistas del mundo que evalúen los costos y beneficios de muchos diferentes objetivos económicos, sociales y ambientales. Y, por supuesto, uno de los temas centrales tiene que ser la educación.
Desde la década de 1960, los organismos internacionales como la UNESCO han propuesto el objetivo de ciento por ciento educación primaria. Pero en 2014 todavía hay sesenta millones de niños sin escolarizar y la comunidad internacional parece estar determinada a postergar el objetivo de ciento por ciento educación primaria hasta 2030.
La verdad es que es difícil alcanzar el ciento por ciento en cualquier cosa y ayudar al último porcentaje es extremadamente costoso. Nicaragua tuvo un 40 por ciento de educación primaria completa en 1990 y aunque se incrementó hasta el 81 por ciento en 2010, no está al ciento por ciento.
El CCC encargó al execonomista del Banco Mundial, George Psacharopoulos, hacer un estudio de este importante pero polémico tema y recomendar modos en que los limitados fondos podrían ser mejor gastados en la educación en el mundo en desarrollo. Psacharapoulos tiene claro que los objetivos generales de alto nivel que se plantean actualmente no son una base para la adopción de medidas eficaces. Partiendo de esta ambiciosa meta, se necesitan objetivos más claros para concentrar esfuerzos donde más se necesitan.
Mediante el análisis de los costos y beneficios de las diferentes etapas de la educación, él concluye que invertir recursos en la escolarización en la primera infancia (primaria y preprimaria) aporta más beneficios que si se los invierte en la enseñanza secundaria y superior.
Las cifras globales del Banco Mundial muestran que no solo la rentabilidad de la educación disminuye con cada etapa, sino que está inversamente relacionada con la prosperidad de un país. Esto significa, por ejemplo, que las relaciones costo-beneficio son mayores para la educación primaria en las zonas pobres. En África, por cada dólar gastado, los beneficios son de $25 para primaria, $18 para secundaria y $11 para la educación terciaria. No solo eso, sino que la educación de las niñas tiene una tasa de rentabilidad más alta que la de los niños, un reflejo de un prejuicio de género tradicional en muchas sociedades.
En consonancia con la tendencia, la educación preescolar tiene una tasa aún mayor de rentabilidad que la educación primaria. Los niños están en su etapa más receptiva y los padres pierden poco en concepto de aportes previsionales al enviarlos a la escuela. Los estudios también muestran que el jardín de infantes puede tener un efecto positivo en las ganancias de los adultos. Reducir en un 50 por ciento la proporción de niños que no asisten a preescolar en el África subsahariana”, que por cada dólar gastado redundará en $33 de beneficio.
Adoptar un objetivo más ambicioso de ciento por ciento de educación primaria para el África subsahariana equivaldría a $7 de beneficio por cada dólar gastado; es rentable, pero está lejos de ser un buen uso de los fondos. Extender esto para proporcionar escolarización primaria universal ampliada a Latinoamérica lo reduce aún más, a solo $5 por dólar gastado. Esto no quiere decir que no sea aún un objetivo válido para Nicaragua, pero cuestiona si este es el lugar en donde el mundo puede hacer el mayor beneficio en primer lugar.
No todo el mundo estará de acuerdo con una definición tan obstinada de metas y, por supuesto, la política seguirá determinando gran parte del resultado final. Aun así, la investigación de Psacharopoulous ofrece argumentos económicos sólidos sobre cómo podemos hacer el mayor bien en los próximos quince años si queremos enfocarnos en la educación. El autor es de los best seller El ecologista escéptico y Cool It, director del Centro para el Consenso de Copenhague y profesor adjunto de la Facultad de negocios de Copenhague.