El último miembro de una sensacional colección de astros, quien iluminó el universo del beisbol en las últimas dos décadas, está listo para marcharse.
Derek Jeter, quien durante veinte años, fascinó con su beisbol eficiente, oportuno y elegante, está a solamente unos juegos de su partida.
Pero quedará su impronta y no solo entre los Yanquis, a quienes ayudó a ganar cinco Series Mundiales, sino en todo el beisbol en general.
Además de deslumbrar con su manopla, electrizar con su bateo oportuno y seducir con su gracia, Jeter ha sido la cara de este deporte.
En medio de una era bajo escrutinio, debido a los atajos tomados por muchos peloteros que han hecho trampa, Jeter se mantuvo firme.
Seguro tendrá defectos. Quizá muchos. Pero ha sido llamativo su esfuerzo por comprender lo que significa para el beisbol y su entorno.
Reducir a Jeter a las cifras, que son bárbaras por cierto, sería injusto con alguien que se volvió líder, más con su ejemplo, que con palabras.
Aún así, tuvo tiempo para ir a 14 Juegos de Estrellas, ganar cinco Guantes de Oro, batear más de tres mil hits y resumir .310 en su carrera.
Pero se le recordará por su zambullida a las gradas tras un foul en el 2004 o su tiro al home ante Oakland en 2001, desde un lugar inesperado.
Tampoco se olvidará su jonrón en el clásico del 2001 en una medianoche de noviembre o su tablazo a las tribunas para su hit 3,000.
Será una lástima que en el año de su retiro, los Yanquis no vayan a los playoffs, pero será apenas la tercera vez que pasa, desde que él llegó.
Tras una carrera como la de Jeter debe tenerse la sensación de haber cumplido al máximo la misión asignada.
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