Francisco Javier Sancho Mas
Lo hemos hablado. Ella se tapa los ojos por unos segundos. Yo miro para otro lado los mismos segundos. Ha sido el gesto que hemos hecho cada vez que pasan las noticias de Ucrania, Gaza, Irak, durante los últimos meses. Mi compañera y yo, frente a las noticias. La última vez que lo hicimos fue cuando informaron sobre el asesinato del periodista James Foley en Siria. No pudimos ver la parte más macabra de la noticia. En cuanto pasan esos segundos, rápidamente volvimos a girar el cuello. No quisimos dejar de mirar.
Por mi trabajo, he compartido, desde una relativa distancia, la zozobra y la incertidumbre de algunos secuestros de periodistas y trabajadores humanitarios en países en guerra. Por suerte, casi todos los conocidos y colegas han salido con vida, en mejores o peores condiciones. En teoría, todos ellos, junto a los civiles, deberían estar exentos de la brutalidad de un conflicto, según los convenios de Ginebra.
A los primeros que se les ocurrió que un conflicto podía regularse para salvaguardar a los no combatientes, se les tachó de ingenuos o cosas peores. Pero a esas personas les debemos la Convención de Ginebra de 1949. En ella se establece la obligación de proteger a civiles o trabajadores humanitarios en medio de un conflicto. Es un texto poético, en el buen sentido de la palabra (“la manifestación de un sentimiento hondo de belleza”). ¿No es bello creer que en medio del horror, aún se puede rescatar el lado humano del ser humano?
Algunos dioses de la mitología griega eran terribles, pero a veces hasta los dioses se asustaban de su propia violencia y trataban de reparar al daño con un gesto de ternura, convirtiendo a sus víctimas en árboles junto a un río o en constelaciones, por ejemplo. Es decir, otorgándoles belleza. Algunas veces, la mano de nuestro lado humano acaricia el lado bestial. Desde la Segunda Guerra Mundial, los conflictos se ceban sobre ciudades y sobre población civil. Ello ha terminado por convertir a la Convención de Ginebra en un texto poético, en el peor sentido de la palabra (un género literario sin aplicación real). No por ello, hemos de dejar de reivindicar su parte hermosa y esperar que se modernice y se respete, ya que es la ley más violada del mundo.
Mi primera reacción al saber que han matado a un periodista es la misma que ante la muerte de un niño. No tiene sentido, quizá, pero no puedo evitarlo. De inmediato imagino que los dioses deberían convertirlos en algo muy bello donde no exista el dolor, como una constelación o un árbol junto a un río, por ejemplo.
La muerte de los periodistas, como las de los niños, suelen traer consecuencias. No hace falta recordar ante la cámara de Bill Stewart y de Pedro Joaquín Chamorro en Nicaragua. El caso de James Foley, después, han agitado nuevamente a la comunidad internacional sobre la violencia que no ha cesado en Siria e Irak durante tres años. El año pasado se estima que murieron 75 periodistas asesinados y 87 secuestrados, sobre todo en Siria y Libia. En la última ofensiva israelí sobre Gaza, se calcula que han muerto ya más de 10 periodistas, la mayoría palestinos. Muchos periodistas de guerra se vuelven adictos al horror. Pero están ahí, sin dejar de preguntar y de tratar de llegar al lado más oscuro. Por supuesto también en países donde no hay guerras. A todos ellos los necesitamos.
Lo hemos hablado. Al cabo de esos segundos de mirar para otro lado, fue como si algo nos acusara de cómplices. ¿El subconsciente, o una manera cómoda de sentirse culpable? Desde luego, sería más cómodo apagar la tele, cerrar la página, silenciarlo. Pero hemos decidido seguir mirando. El horror que sentimos desde el otro lado de la pantalla no es nada. Toca soportar hasta la impotencia de no poder o saber hacer nada. Es la dosis de tristeza necesaria para no caer en la tentación de mirar para otra parte. Hay que seguir preguntando. Hay que seguir mirando, acá y allá. Esos mundos también son nuestros, como lo bello y lo bestia. Pues si ni siquiera nos miramos, jamás podremos acariciar nuestro otro lado y esperar que nos salve la belleza. El autor es periodista.