El enigma de la muerte de Milagritos Cuarezma

Olga Vega López en la calle: “Presa de nerviosa alegría, Olga Vega López abordó a las 11:50 de ayer, el taxi número 128, un Oldsmobile azul, saludando con un 'adiós muchachos' a sus guardianes de 10 meses y 10 días en el presidio de la Aviación”.

[imported_image_600x400_1410062794_070914 Crimen de Milagros]

JOSÉ ADÁN SILVA

Olga Vega López en la calle: “Presa de nerviosa alegría, Olga Vega López abordó a las 11:50 de ayer, el taxi número 128, un Oldsmobile azul, saludando con un 'adiós muchachos' a sus guardianes de 10 meses y 10 días en el presidio de la Aviación”.

Esta noticia, aparecida en la primera plana del 21 de septiembre de 1950 en LA PRENSA, resume el final de un suceso que instauró el periodismo sensacionalista en la aldeana capital, dividió a Managua en dos bandos y generó toda una ola de indignación y especulación en torno a un crimen que apareció publicado en este mismo Diario, el martes 9 de agosto de 1949: el caso de Milagros Cuarezma.

Un espantoso asesinato, se tituló la noticia y daba cuenta así del hecho: “Niña de 6 años muerta y comida por zopilotes. Hallan esqueleto regado por el suelo cerca del muelle de Managua. Entre los huesos, una batita color rojo y cerca un tarro de lata. Un pañuelo blanco con las iniciales AL y varias hojas sueltas de guía de la compañía ferroviaria”.

Un hombre llamado Juan Pablo Cuarezma se personó al lugar donde habían más de 500 personas y a como pudo avanzó hasta la zona donde ya peritos de la Policía habían despejado la zona para preservar la escena del crimen donde yacía la osamenta, encontrada por casualidad por el niño Camilito González mientras buscaba garrobos en la costa.

El hombre dijo que su hija María Milagros Cuarezma Castellón, nacida el 18 de diciembre de 1943, había desaparecido el 1 de agosto a las 6:00 AM, cuando fue mandada a una venta a 100 metros de su casa a comprar medio litro de leche.

Luego llegó una mujer, identificada como Juana Castellón, quien al ver el esqueleto estalló en llanto. Dijo que la batita roja era la que andaba su hija el día que desapareció y la lata era la que usaban para comprar la leche en la pulpería de María Antonia Meza, ubicado cerca del teatro Trébol.

Para la familia Cuarezma-Castellón, la muerte de la niña (la mayor de cuatro hijos) era un eslabón más en la tragedia que los venía siguiendo: en febrero de ese mismo año, Socorro Cuarezma, de cinco años, murió aplastada por un camión en la calle 15 de septiembre. Un año antes, en 1948 el niño Juancito Cuarezma murió de fiebre a los dos años de nacido y tras la desaparición de Milagros, solo quedaba Gilberto, de nueve meses.

El 8 de agosto cuando se encontró la osamenta, más de mil personas llegaron a la vela, realizada en la cuartería donde vivían los Cuarezma Castellón y al día siguiente, en el entierro, más de 500 acompañaron el féretro de niña al panteón general, mientras el periodismo daba rienda suelta a la cobertura, con siete diarios cazando cualquier elemento de noticia que sirviera para competir en la mejor cobertura del suceso.

De inmediato LA PRENSA, cuyo director Pedro Joaquín Chamorro había regresado de México donde descubrió la prensa sensacionalista en boga por aquellos años, implementó una cobertura sensacionalista y activa que superó con creces a los otros medios que acostumbraban a cubrir las noticias con un periodismo formal, serio hasta las cuartillas y lleno de lenguaje técnico y abogadil, por cuanto no existían escuelas de periodismo.

Bajo la pluma literaria del reportero Agustín Fuente, “Fuentitos” y con la dirección activa de Chamorro, LA PRENSA empezó a liderar la competencia y dar detalles sobre el crimen que poco a poco, fueron conmoviendo y conmocionando a la Managua aldeana de 1949, ciudad que según las noticias de la época, albergaba a 112.000 habitantes.

Pronto se supo que tres hombres habían sido detenidos y llevado a la cárcel de la Aviación, junto a una mujer señalada por la familia de víctima como la principal sospechosa del crimen: Olga Vega López.

Quien acusaba a la citada sospechosa era la abuela de la niña desaparecida, Isaura Castellón, con quien Olga había tenido una discusión en la cuartería: “Ella me dijo ese día que me iba a arrepentir una y mil veces y por eso creo que ella mató a mi nieta”.

La sospechosa era una mujer de vida liberal, simpática, blanca y de ojos claros, que solía tomar tragos y gustaba bailar “movido” y “boleros”, que tenía amantes a gusto y antojo y vivía a unos cuantos cuartos de la pieza donde alquilaba la familia de la niña.

De hecho, en algún momento del juicio la testigo principal, Estebana Munguía, delataría a Olga por presuntamente haber asesinado a la niña por tomar un taco de jabón de olor de la pieza donde ella realizaba fiestas y jornadas etílicas con sus amigos.

Los reporteros de los siete medios escritos, más periodistas de radio de la capital, se lanzaron en frenesí en busca de detalles del caso y mientras más escabrosas fueran las declaraciones en torno, más publicidad le daban, creando un verdadero estado de indignación social por la suerte, espeluznante desde las publicaciones, de la niña que se convirtió en un símbolo casi religioso, la “martir inocente” de las mercaderas, obreros y labriegos de la ciudad.

Un niño de 8 años, Rodolfo López Varela, alias “Chumequita”, irrumpió en el drama contando a LA PRENSA que él vio que el día que la niña se extravió, la Olga Vega estuvo platicando con ella en la acera de la casa y luego la siguió a la venta. De inmediato, la prensa nacional señaló a Olga como “la sospechosa número uno del satánico crimen”.

Entonces el presidente de la república, Víctor Manuel Román, se pronunció pidiendo una investigación exhaustiva y solicitando todo el peso de la ley a los culpables del horrible crimen y el embajador de Estados Unidos en Nicaragua, Capus Waynick, dijo a los reporteros que si el gobierno lo pedía, su gobierno colaboraría con agentes del FBI para exhumar el cuerpo y determinar las causas de la muerte.

Manifestaciones de hombres y mujeres del mercado Oriental llegaron hasta La Aviación con malas intenciones a tratar de linchar a los acusados. Desde León, 37 personas pidieron a la clase política aprobar la pena de muerte para fusilar a Olga y los policías, o “los acusiosos sabuesos del capitán Bushing” como solían lisonjear a los investigadores los reporteros para obtener las primicias del caso, se lanzaron en busca de Chumequita para ver qué más sabía del caso.

Pronto, el niño vivaracho y lenguaraz, se hizo el mimado de la población que seguía el caso por los medios. La familia del chavalo, al ver la popularidad, temieron que el niño se involucrara en el caso y lo escondieron donde el padre, en otro barrio.

La noticia de la desaparición de “Chumequita”, y lo que luego hiciera más tarde el niño, se convertiría en noticia a partir de entonces en los periódicos.

Los reporteros se lanzaron a buscarlo por toda Managua, o a “rescatarlo” según sus crónicas, y empezaban a conjeturar que algo malo le había pasado por sus declaraciones, pero el padre del chavalo salió al paso a decir que él se había llevado al niño “para corregirlo”.

Entonces el niño declaró a los medios primero, y a las autoridades después, que él había visto por una rendija de la casa de Olga, cómo ella y una mujer llamada Estebana, sirventa de una casa vecina, asesinaban a la niña con cuchillos, la envolvían en trapos y metían al aposento.

La declaración causó conmoción. La guardia capturó a la Estebana, quien en un alarde de detalles escabrosos, detalló que a la niña la mataron entre ella y la Olga, la descuartizaron, la cocieron en lejía, botaron sus carnes y grasa en una lata de aceite para carro y los huesos los fueron a botar a la costa con ayuda de Rigoberto García, su amante.

Las autoridades se dirigieron a catear la casa y encontraron un cuchillo de cocina, una lata con restos de aserrín y materia desconocida con apareciencia de carne, lejía en una botella, gotas de sangre en una tijera para dormir y papeles y trapos sucios ocultos tras un lavandero.

La gente que desde la calle veía la investigación sacaba sus propias conclusiones que los periodistas se encargaban de reproducir y así, salió como noticia que las carnes de la niña estaban en la lata, que a la muchachita la habían hecho jabón, la descuartizaron y cocieron y que habían encontrado un brazo de Milagritos en la letrina.

Managua ardió en rabia, vecinos de los barrios Santo Domingo, Darío y El Infierno quisieron pegarle fuego a la casa de Olga y la Guardia Nacional calmó la la alteración al orden público a culatazos y patadas, mientras el interés por la noticia abarrotó de voceadores la sala de despacho de periódicos del periódico vespertino LA PRENSA.

Según las crónicas de la época, pronto Managua se hizo en dos bandos: un grupo que condenaba sin dudas a Olga Vega y Estebana Munguía y otro que la defendía bajo los argumentos de que “no habían más pruebas que las declaraciones de un niño vago de ocho años y una sirvienta a todas luces tarada mental”.

Las discusiones generaron pleitos entre los bandos y hasta heridos de cuchillos: José Jacinto Pérez y Clemente Estrada de liaron a golpes y cuchilladas en la cantida Los Ángeles, luego de discutir sobre la inocencia o culpabilidad de Olga. El bar completo se sumó a la orgía de golpes entre “olguistas” y “anti-olguistas”, hasta que la Guardia Nacional impusó el orden a su modo. A los dos iniciadores de la bronca los llevó un cabo GN a pie a la Sanidad a curarles las heridas para luego echarlos presos: ellos adelante con las manos arriba y su heridas al aire, y atrás el guardia apuntándolos con su rifle, mientras la gente aplaudía a su paso a uno y otro, según el bando al simpatizaran las cuadras llenas de gente.

Pero eso fue solo un detalle del impacto del crimen en la aldeana capital: los juzgados vivieron su propio circo cuando iniciaron las audiencias con tribunas abiertas al vulgo. La gente llenaba las salas del juzgado y se apostaba afuera del local en apoyo o rechazo a Olga. Los de adentro incluso participaban preguntando a los indiciados cosas del crimen, como si fueran fiscales o secretarios de audiencias, y aplaudían a abuchaban ante las respuestas de los acusados.

Una vez, cuando hacían mucha bulla o interrumpían las lecturas del juez para preguntar a voz alzada alguna cosa, Olga Vega López se puso de pie y dirigiendo una furibunda mirada de odio al respetable, según la descripción de una crónica de la época, dijo con voz firme: “cállense todos”. Y todos los del auditorio callaron, incluyendo al juez.

El periodista Annuar Hassan, exreportero de sucesos de LA PRENSA en los años 70, quien revivió e investigó el caso con la intención de hacer un libro posterior sobre los crímenes más impactantes del siglo XX, dijo que el caso, tanto en su proceso investigativo como en su cobertura, fue un circo total.

Relata que hasta entonces la Guardia Nacional y su Policía de Investigaciones no tenía experiencia en criminalística, y la obtención de confesiones de los crímenes se hacía bajo el siniestro método de la tortura física y sicológica, lo cual bastaba para que los jueces condenaran al acusado.

“No había experiencia en investigaciones criminalísticas, no había experiencia judicial en análisis y valoración de pruebas, los jueces se guiaban por lo que decían los investigadores de la Guardia o por lo que publicaban los medios, de hecho ni los medios ni los periodistas tenían experiencias en coberturas de sucesos y llevaron a sus textos toda clase de tonterías, aquello no era sensacionalismo periodístico, era periodismo irresponsable que se hacía por la competencia que existía entre varios periódicos”, dice ahora Hassan, quien libera de su dura crítica al periodista Agustín Fuentes que cubrió el hecho desde LA PRENSA.

El reporte de crónicas de la fecha dan testimonio fiel de lo que ocurrió en el juicio: las pruebas se basaron en las confesiones de algunos sospechosos, arrancadas a macanazos por los investigadores en las celda del Hormiguero y la Aviación; el caso descansaba en las fantásticas revelaciones de Estebana Munguía, a quien pronto el periodismo denominó como la “demente alucinada”, ya que cambiaba de versiones a cada momento; el otro testigo, “Chumequita”, resultó ser un fantasioso de primera categoría que contaba detalles del crimen a quien se lo pidiera, a cambio de un chelín o un vaso de chicha.

Tanta chicha de maíz bebió un día, de manos de generosas mercaderas que lo invitaban al considerarlo un héroe, que terminó yendo al hospital con vómitos y congestión, hecho que fue reportado de inmediato por los medios como un intento oscuro de envenenar “al único niño que se atrevía a decir la verdad sobre el horrendo crimen”.

Luego, con los meses, Chumequita ya no recibía solo vasos de chicha o chelines por contar su historia, sino hasta por ir a dejar recados y mensajes.

Por ello terminó detenido un día en la cárcel por llevar cartas que contenían amenazas de muerte de un lado a otro de Managua, enviadas entre enemigos por deudas o rencores por amores fallidos o celos. Cuando lo detuvieron, y se supo la noticia, la gente de los mercados corrió a tratar de “liberarlo” y achacaron la acción a un intento del juez Serapio Ocampo y el abogado acusador de Olga, Alejandro Romero Castillo a inclinar el caso contra Olga y los sospechosos.

Ambos, el juez y el acusador, pronto empezaron a recibir las críticas de los periodistas por dar paso a disparatados testigos: una medium que narró haber recibido la señal de la niña desde el más allá, un ladrón de iglesias que en un afán por salvarse de la cárcel al haber sido descubierto robando imágenes y joyas en la iglesia Santo Domingo, narró haber visto el cuerpo de la niña al menos tres veces, introduciendo con su versión la posibilidad de que la niña hubiera sido atropellada y mandada a botar a la costa.

El primer abogado defensor de Olga, Carlos Hernández Salinas, fue suspendido por la Corte Suprema luego de pagar a borrachitos para que llevaran versiones de secuestro de la niña; por retrasar el juicio a propósito y amenazar al juez y al abogado acusador con pistola.

En un alarde de indignación, un día le llevaron a su oficina una casa llena de sorpresas: tres víboras venenosas que casi le muerden y entonces hastiado, se declaró víctima de “lenguas viperinas y víboras venenosas”.

El juicio fue el escenario para que apareciera en escena y a la vida pública por primera vez, Nicolasa Sevilla, amante del detenido Francisco Zúñiga, quien en años posteriores se volvería temible al frente de turbas al servicio del gobierno de Somoza.

Ella aseguró haber venido de Maracaibo, Venezuela, donde se encontraba administrando una casa de citas, para sacar de la cárcel, a como fuera, a su amado. A ella se le achacó, durante la segunda parte del juicio de 14 meses y 10 días, el envío de cartas de intimidación a quienes quisieran hundir a los acusados y golpizas repentinas a quienes habían servido como testigos o hubieran colaborado con el juicio.

Toda clase de chisme, cuento de prensa inventado por los periodistas, versiones extraoficiales de “testigos secretos” y cuanta cosa se dijera del caso, fue llevado al juicio y si era posible, a la cárcel. Así las cosas, nueve periodistas fueron llevados a testificar, una medium, una prófuga de la justicia guatemalteca llamada Emma Luna de Thompson, un niño fantasioso y una sirviente con evidente estado de retraso mental.

Tal estado de hilaridad alcanzó con los meses el caso, que un editorial de LA PRENSA, titulado Un juicio Vergonzoso lo resumió todo: “Nunca se había visto un caso del que trataran de sacar ventaja los explotadores de la justicia, los litigantes escandalosos, la ignorancia tratando de surgir del anonimato. Jamás había habido tanto embrollo en un proceso. No había habido antes una investigación judicial como esta, convertida en laberinto, intrincada en perversos propósitos, intrigas y absurdos jurídicos”.

Hasta entonces, los tres puntales de la causa eran: Chumequita, quien luego de ser fajeado por su padre para que dijera la verdad, rechazó haber visto por una rendija el crimen; Estebana Munguía, a quien el médico siquiatra Joaquín Cortés César, director del manicomio nacional, determinó como enferma mental ú oligofrénica con rasgos de sufrir hipertiroidismo y con razonamiento anormal de una niña de 8 años y no de los 22 naturales con que contaban, razón por lo cual salió de la cárcel “al asilo de locos”; y la tercera pata en que se basó el juicio fue en el testimonio de la desconocida Emma Luna Thompson, prófuga de Guatemala que luchaba con su abogado por obtener un permiso migratorio en Nicaragua.

La otra evidencia, los huesos, habían sido enterrados primero, luego exhumados y trasladados de un lado a otro en el juicio en una caja de madera, sin que un forense determinara que pertenecían a una niña. En el curso, no se sabe si al momento de recoger la osamenta o al exhumarla o trasladarla, se perdieron un omoplato, una faringe del pie izquierdo, las dos manos, un pie, el derecho, varias costillas y algunos huesos pequeños.

La noticia dio pie para que le gente especulara que en la casa de Olga se habían comido a la niña y pronto se vio a gente arrancando ladrillos, abriendo hoyos en las paredes o derribando tejas del techado para hallar los huesos de “la niña martir”.

Un pariente de la niña, con una máscara antigases de la segunda guerra mundial prestada por la Cruz Roja, intentó bajar a la letrina a buscar los huesos, con tan mala suerte que la cuerda se rompió y por poco termina ahogado en excrementos.

Nunca se determinó en juicio que la osamenta hubiera sido desmembrada y sus huesos cocidos en lejía. La caja con los huesos, una vez terminado el juicio, desapareció del juzgado y nunca se supo dónde terminó, y por todo ello, más la falta de evidencia científica, los acusados fueron sobreseídos y puestos en libertad.

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COMENTARIOS

  1. Hace 11 años

    esta noticia parece ser fuera de dia.se entiende que estas viejas son difamadoras enfermas mentales cuyo contenido aparece en las lomas de los ninos de oro porque aun baila sangre por la pasion que pusieron en los enventos y al joderlela dia

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