Hubo emoción pero no llanto. La pelea no fue algo epopéyico, prefirió la seguridad que seguir en busca del nocaut. Alexis Argüello derrotó a Jim Watt, el escocés que eligió el retiro que buscar el brillo para su opaca carrera. Román González sí lloró. Las lágrimas corrieron por sus mejillas, con los guantes azules restregados en la cara. Había conseguido marcar la pauta del deleite al noquear a Akira Yaegashi. Fue la misma gloria, pero en épocas distintas: algo sublime.
YUTAKA NIIDA, DESTROZADO
Tímido en su actuar. Solo había pisado Japón en dos ocasiones contra Eriberto Gejón e Hiroshi Matsumoto. Solo era un novel del boxeo con talento de sobra y con un lápiz en el puño y de cuaderno usaba a sus rivales para escribir su pasado, presente y augurar el futuro.
Román González ahora piensa en hacer dos combates más para luego retar al mexicano, Juan Francisco “El Gallo” Estrada y así unificar tres títulos de cuatro de la categoría mosca (112 libras).
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Niida fue duro ante todos, menos contra la majestuosidad de Román impulsada por Alexis Argüello, quien lo preparó junto con Gustavo Herrera, su esquina, para que saliera del capullo y saltara para iniciar el vuelo en el mundo del boxeo, donde reinaría.
LA SEGUNDA: UN SUSPIRO
En un suspiro ya todo había acabado. El mexicano Francisco Rosas no fue un guerrero azteca. La culpa de Román en ser tan completo produjo el terror en Rosas, quien ya se sentía derrotado desde antes que iniciara la pelea, que solamente duró dos asaltos.
Aunque en esa ocasión solo fue por título interino del mundo de la AMB, posteriormente se le entregó el absoluto porque el argentino, Juan Carlos Reveco huyó de la destrucción que se le vaticinaba si enfrentaba al nicaragüense, quien se mantenía con ansias de chocar contra quienes fueran los mejores del mundo en su categoría.
PELEÓ Y CAYÓ
Ayer frente a Akira Yaegashi el espectáculo mereció ser observado larga y atentamente, aunque el japonés se retiró sin perder la dignidad, pero hizo más de lo que se esperaba.
En la habitación de Román en Japón, el olor fulgurante de la victoria era inminente. El short tirado sobre su cama y la bata que usaría estaban plagados de parches promocionales que mostraría como símbolos de su afinidad política. Román recordó que estaba en una tierra en donde lo amaban y los episodios de nostalgia recorrían su mente.
Cuando llegó a Japón, fanáticos de su boxeo y de su forma de actuar con cortesía y caballerosidad en el ring, lo esperaban por fotos, sabiendo que sería el que les robaría lo más valioso de su campeón Akira Yaegashi: el cetro.
Al final, tanto Román como Alexis, donde pusieron el ojo, colocaron el puño. Fieles al éxito, infieles al fracaso.
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