La conciencia le decía “tratalo con cariño”, pero Román “Chocolatito” González movió al excampeón Akira Yaegashi como una pera loca. Esa mirada altiva, amenazante y torva mostrada por el japonés se evaporó en el cuadrilátero. La novela del joven pobre nacido cerca de la miseria y el hambre entró al nudo de su historia. Agradecido con su pueblo, con “El Flaco” y su familia sintió su cuerpo el peso de una tercera corona.
“Salimos con las manos en alto, pero Akira pega muy fuerte. En el tercer round se cayó y pensé que se acababa la pelea. Combinamos las manos ambos y él pega duro, pero aguanté por mi condición. Me sorprendió Yaegashi por su aguante, yo solo lo golpeaba y el pujaba”, indicó Román González luego del combate en Tokio, Japón.
Yaegashi era empujado por el viento con puntería a los puños de Román, por tanto no querrá ver su cara en un cristal y reflejar los moretones y deformidades, que son no más que las huellas de los golpes calculados del púgil, los que llamó perfectos un día antes de la pelea de ayer viernes.
“El trabajo era golpearle los ojos porque es débil en esa parte del rostro y la esquina del quinto en adelante me mandó a golpearle los bajos y salimos adelante, hasta que no se pudo levantar”, agregó.
En un combate con embriaguez en el monólogo e irreverencias esporádicas, el nuevo campeón del mundo se entregó al llanto. “Chocolatito” se dio cuenta de la magnitud y alcance de una lucha inclaudicable: “Llegar hasta aquí no fue fácil, se lo debo a mi preparación y a todos los que me han apoyado”, aseguró el campeón.
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