En Buñol, una pequeña localidad de la provincia de Valencia, en el Levante español, el acto cumbre de sus fiestas patronales consiste en la llamada “tomatina”, a la que este año han acudido más de veinte mil personas.
Durante una hora, esas personas se han dedicado, como lo vienen haciendo desde hace más de medio siglo, a lanzarse unos a otros hasta 140 toneladas de tomates.
Ustedes se pueden imaginar cómo quedan las calles del pueblo y cómo quedan los participantes en la “tomatina”; bueno, pues todo el mundo parece divertirse muchísimo, y a Buñol llegan gentes desde Japón (¿dónde no hay un japonés?) o Australia; al parecer, a los australianos también les van mucho estas manifestaciones populares.
El tomate es, como nadie ignora a estas alturas, una de las grandes aportaciones americanas a la dieta mundial.
SU ORIGEN
Los aztecas consumían este fruto, al que llamaban xitomatl o fruto con ombligo, de donde procede el actual término jitomate usado en México para referirse al tomate rojo. Los españoles lo llevaron a Europa a mediados del siglo XVI; al parecer, aquellos tomates eran parecidos, en tamaño, a los tomates cherry (cereza) de hoy, y su color era más amarillo que rojo.
El tomate no tardó en integrarse en las cocinas mediterráneas. En tanto que los españoles mantuvieron el nombre original (tomate), los italianos le llamaron “manzana de oro” (poma doro, del italiano actual pomodoro); los franceses, “manzana de amor” (pomme damour) y los alemanes “manzana del paraíso” (paradisapfel).
Pero el verdadero éxito del tomate llegó, ya en el siglo XVII, cuando se convirtió en salsa, suceso del que se apropian los napolitanos, que mostraron más imaginación que los buñolenses a la hora de usar el fruto americano.
Hoy, la cocina de todo el planeta sería impensable sin el tomate. Es un verdadero comodín, perfecto por sí mismo sin más añadidos que unas arenas de sal y unas gotas de aceite; imprescindible, hecho salsa, en la mayoría de los platos que llevan la pasta como base.
Se imaginan ustedes una pizza sin tomate. Los napolitanos hicieron de la salsa de tomate y la pizza una de sus más conocidas señas de identidad; los andaluces acabaron incorporando el tomate a su tradicional y humilde gazpacho para convertirlo en una deliciosa sopa fría conocida en todas partes.
El tomate se hizo mediterráneo, y de él surgieron platos magníficos. No quiero ni pensar en lo que hubiera sucedido si los primeros tomates llegados del Nuevo Mundo, en vez de desembarcar en Sevilla, hubiesen caído en Buñol.
Ni pizza, ni gazpacho, ni pasta con tomate, ni nada: tomatina. No; decididamente, si yo fuera tomate trataría por todos los medios de estar bien lejos de Buñol en estos días de agosto. Y, sinceramente, sin necesidad de ser tomate, no tengo la menor intención de acercarme por allí; hay maneras de divertirse que, la verdad, no me ilusionan.
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