Javier Robles considera que el entrenador Jorge Luis Avellán le ha ayudado mucho en su mejoría de bateo. LA PRENSA/ GUILLERMO FLORES

El chispazo

El mánager los reunió en la recámara; “Robles no es mi decisión, tú quedas libre de la organización”.

El mánager los reunió en la recámara; “Robles no es mi decisión, tú quedas libre de la organización”.

Desde hace un año, el sueño se había convertido en amargura para el primer bate de los Indios del Bóer, Javier Robles, al ser dado de baja por los Bravos de Atlanta, pero el castigo divino de no tener ni el poder, ni la contextura para competir, le brindó un chispazo de gloria, el “empujoncito” que distorsionó los sentidos y llenó de fuerza el swing de un luchador hasta alcanzar el pico del éxtasis.

“El momento más alegre a mis veinte años no fue el jonrón que le conecté a Justo Pérez el sábado, sino fue el día en que me firmaron para el beisbol profesional. El vuelacercas sería el segundo”, dice.

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En el segundo partido de la serie final en la cual el Bóer perdió 7-6, Javier Robles bateó de 5-3, siguiendo la racha de incidencia; sin embargo en su último turno no pudo convertirse en héroe por dos veces seguidas, al tener dos abordo y dos outs, siendo él, el tercero de la novena entrada.

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Habían sido cuatro turnos fallados al viento. La consecución de los hechos auguraba que se convertiría en el jugador del partido. Dos atrapadas en el jardín derecho, más un último suspiro que hizo danzar la pelota por la barda izquierda. Javier Robles pintó su día con una decoración mística como héroe a su edad y todo comenzó un jueves en la iglesia.

“El jueves decidí ir a la iglesia en Esquipulas, donde asisto de costumbre. Llegué y le pedí a Dios que me ayudara y que me diera las fuerzas para rendir en la final”, recuerda el pelotero, quien con su primer cuadrangular en Primera División decidió un partido.

Este año su promedio no superó los .300 en la campaña, quedó con .294, con 60 hits, ocho dobles y dos triples. Robles asegura que fue una lesión en su pierna izquierda lo que menguó su desarrollo.

“En la primera vuelta, jugando en la Costa, me lesioné. Fue como si mi músculo se me contrajera y así pase hasta que en parte de la segunda ronda me estabilicé”, indicó Robles, quien en su etapa de infante era un pícher de mucha velocidad.

El muchacho que tiene el ritmo en las manos, debido a que tocaba la batería en la iglesia de su localidad, quiere ser el mejor primer bate del país. Piensa que ser jardinero del lado derecho es la posición en la que hará carrera. Javier aún no despierta de la aureola de placer que le produjo el jonrón y a pesar de que es un novel ahora es temido.

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