Francisco Barea Sandino
Recientemente se ha conocido por distintos medios de comunicación la intención de las autoridades de la Alcaldía de Managua de continuar instalando los denominados árboles de la vida, en las vías que van hacia el aeropuerto y a la ciudad de Masaya. A ese ritmo, pronto Managua se verá convertida en un monótono bosque metálico amarillento, carente de las bellezas naturales y de los beneficios al medioambiente que ofrecen los recursos forestales.
Según Wikipedia, el concepto de árbol de la vida se ha utilizado en la ciencia, la religión, la filosofía, la mitología y en otras áreas. Generalmente simboliza el poder de la vida y sus orígenes, la importancia de las raíces y el desarrollo de la vida. Diferentes pueblos han adoptado distintas representaciones del árbol de la vida, a menudo relacionadas con la inmortalidad o la fertilidad. El Génesis del Antiguo Testamento lo califica como fuente de vida eterna y a él se asocia el árbol de la vida del judaísmo. También tuvieron sus propios árboles de la vida los antiguos egipcios, los asirios, los chinos, los escandinavos, las primitivas tribus germánicas, los hindúes y los aborígenes americanos precolombinos, entre otros. En el caso de Managua, las estructuras erigidas se parecen a un mural de Gustav Klimt, pintor simbolista austríaco, quien decora el gran comedor del Palacio Stoclet de Bruselas, Bélgica.
Surgen muchas interrogantes acerca del interés de nuestras autoridades municipales por la multiplicación exagerada de los árboles de la vida: ¿Qué representan y cuál es su finalidad? ¿Acaso son un símbolo de la perpetuidad del “Pueblo Presidente” y de sus implicaciones en la vida nacional? ¿Responden a una mentalidad que añora la contracultura “hippie” de los años sesenta? ¿Son parte de la campaña de publicidad oficial que resalta los colores propios del arte psicodélico y los mensajes repetitivos orientados a promover la sumisión y el culto a la personalidad? ¿Cuál es su justificación técnica, financiera y social? ¿Su construcción se adjudica mediante procesos transparentes de licitación?
En caso de existir una genuina preocupación por el mejoramiento del ornato, las autoridades municipales deberían buscar alternativas más baratas y autóctonas, con base en especies vegetales nativas del país. Si desean erigir árboles de la vida en toda la ciudad, nada mejor que la monumental ceiba, concebida por los mayas como el árbol central del mundo. O bien la esbelta y cadenciosa palma real. Si prefieren un mayor colorido, podrían combinar el cortés, la caña fístula, el sardinillo, el roble, el malinche, la jacaranda, el madroño, y el sacuanjoche. Por otra parte, entre otros beneficios que los árboles aportan al medioambiente, contribuyen a reducir la contaminación mediante la absorción de gas carbónico, producen oxígeno y proveen abrigo y alimentos para infinidad de seres vivos.
En conclusión, además del limitado valor ornamental que a mi juicio tienen las referidas estructuras metálicas, debe ponerse especial atención a sus costos de construcción, operación y mantenimiento, elementos importantes para una adecuada asignación de los recursos institucionales. Al respecto, parece ilógico e irónico que mientras otras capitales latinoamericanas como Tegucigalpa, Panamá y Quito, han emprendido recientemente obras importantes para mejorar el transporte colectivo, en Managua están más preocupados por “reforestar” la ciudad con remedos metálicos de la vegetación natural. Por tanto, es probable que se estén derrochando importantes recursos para financiar los árboles de la vida, que podrían contribuir a la solución de problemas críticos que afectan a la ciudadanía. En consecuencia, esas decisiones podrían calificarse como una mala administración de fondos públicos. Eso es penalizado por la Ley.
El autor es Exfuncionario del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA) y exfuncionario del Instituto de Bienestar Campesino y del Banco Nacional de Nicaragua
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