Verónica Pérez Marenco (*)
Siempre se escucha la palabra liderazgo en los diferentes ambientes y campos de la vida, como el líder de la universidad, del trabajo, la comunidad, la Iglesia y demás.
Al parecer estamos rodeados de muchos líderes y en la mayoría de las personas existe el deseo silencioso de ser un líder más en el mundo, ya que esta palabra representa éxito.
Algunos de los mitos más comunes del liderazgo son: creer que un líder es el gerente, el empresario, el inteligente y de conocimiento, el que ocupa una posición de poder o el que está frente a la multitud. Ser el primero no es lo mismo que ser el líder. Para ser líder, una persona no solo debe ir al frente, sino que también debe lograr que los demás sigan su dirección y actúen sobre la base de su visión.
El primer paso para convertirse en un líder es liderarse a uno mismo, iniciando por el autoconocimiento. Cuando nos conocemos a nosotros mismos somos conscientes de nuestras fortalezas y debilidades, somos capaces de identificar y entender nuestras emociones, tenemos claridad de cómo proyectamos las emociones a los demás y es esto lo que nos permite fortalecer el autocontrol de nuestras emociones y adaptarnos mejor a los cambios.
Una vez logrado esto, estaremos en la capacidad de conocer y entender también a otras personas, desarrollando la empatía, que es la capacidad de percibir lo que otra persona puede sentir. Apreciar y expresar de manera equilibrada nuestras emociones, guiando nuestro comportamiento y pensamiento es lo que resume el término inteligencia emocional.
Si bien es cierto que todos nacemos con ciertos talentos, la capacidad de dirigir es en realidad una combinación de destrezas que pueden ser aprendidas y desarrolladas. El liderazgo es un proceso que vamos desarrollando diariamente en nuestro camino.
Muchos factores intangibles entran en juego, tales como la fuerza emocional, el respeto, la destreza en las relaciones humanas, la disciplina, el impulso, la visión, la intuición, la persistencia, y la lista sigue. Debemos tomar en cuenta que existen cuatro temperamentos del ser humano que vienen determinados de nuestra genética y tienen que ver con nuestro sistema nervioso. Las personas tienen un temperamento predominante que determina muchos de sus comportamientos. Existe el sanguino, el melancólico, el colérico y el flemático y por esto es que identificaremos diferentes tipos de liderazgo en las organizaciones.
El liderazgo determina el nivel de eficacia de una persona. Entre más fuerte sea su liderazgo más alta es su capacidad para triunfar; y si no lo es, ahí es cuando las organizaciones se ven limitadas. Por eso, en momentos de dificultad las organizaciones suelen hacer cambios y buscan nuevos liderazgos. La buena noticia es que el despido del personal no es la única forma.
Es fundamental que las organizaciones primero definan cuáles son aquellas competencias cruciales de su negocio, que determinen los conocimientos, habilidades, pensamientos, carácter y valores que se requieren en el personal de su empresa. El liderazgo en principio debería ser una de las competencias cruciales del negocio en mi opinión. Este sería el punto de partida para la selección del personal, de los planes de desarrollo y carrera y de las evaluaciones por desempeño. El área de recursos humanos es vital, ya que debe integrar a los talentos de la organización en el proyecto empresarial y sus metas.
Las habilidades que hacen poderosa la gestión de un líder son: el carácter, la influencia, la motivación y la acción. Si la persona invierte continuamente en el desarrollo de su liderazgo e incrementa sus destrezas, el resultado inevitable será el crecimiento. Un líder es aquel que engrandece todo y a todos a su alrededor.
*Consultora de Servicios de Recursos Humanos dePricewaterhouseCoopers Nicaragua
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