“A los lugares donde has sido feliz, nunca debés tratar de volver”, la cita es tan popular que su autor ha caído en el anonimato. Casi como si fuera un refrán, una verdad de perogrullo. Rafa Fernández, quien tiene poco menos de ochenta años, la ha oído —cómo no— infinidad de veces. Pero, no se la cree.
No se trata, únicamente, de que este pintor tico sea poco creído, o si se quiere, más creyente que crédulo; es que don Rafa sabe conjugar la alegría siempre en presente. Además, a él, viajar y exponer le provocan una contentera sin igual, sobre todo, cuando aparece la posibilidad de hacer ambas cosas a la vez.
Por eso, mientras alista maletas, empaca obras, controla detalles —desde el pasaporte hasta el catálogo—, de su próxima exposición Regreso Lacustre que se inaugurará en la Casa de los Tres Mundos en Granada, Nicaragua, la sonrisa le ilumina todo el rostro.
Los ojos castaños se le vuelven tornasolados, se tiñen de azul, de magenta, de ámbar y oro, como si fuesen espejos de sus obras o ventanas abiertas desde las que se atisba el futuro, se cuela el pasado.
Y es que si bien, Regreso Lacustre es una exposición de 12 lienzos y 16 obras en papel en los que don Rafa se reinventa en cada trazo, también le permite al artista reencontrarse con su entorno más juvenil, sus ilusiones primigenias ya que fue, en Nicaragua que este pintor costarricense inició su viaje por el arte.
En 1961 Manuel de la Cruz González se convierte en su Maestro desde el Grupo Taller al que lo invita a formar parte.En 1968 la Dirección General de Artes y Letras le concede una beca que le permitirá viajar por primera vez a España. Allí, expone, empieza a trabajar en el Círculo de Bellas Artes de Madrid y gana el Primer Premio de Dibujo del certamen organizado por la Academia.
Entre 1976 y 1978, realizó cursos de Litografía Artística en el Centro Regional de Artes Gráficas (Creagraf).
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Allí viajó, con la venia de Olga Espinach, que en la Casa del Artista lo había recibido a los 15 años, y una beca para la Escuela de Bellas Artes. “Entre la incomodidad de los asientos repletos de viajeros, con cajas de cartón, gallinas y sacos de gangoche y el cansancio de 14 horas de viaje en un pequeño busito sin aire acondicionado, por supuesto… llegamos a Managua, hechos polvo, a las ocho de la noche. Bajé con mi pequeña valija en una mano y una diminuta caja de pinturas, en la otra”, recuerda el artista.
En ese tiempo, a los veintipocos, Rafa se sentía como un novillo en un redil, encerrado… esperando a que lo soltasen para entrar en la vida. Iconoclasta, amiguero, hambriento de comida y saber, con sed de aventuras y sorpresas, como todos los jóvenes y, sin embargo, distinto. Eso lo supo su mentor, Rodrigo Peñalba cuando lo presentó, eso le reconocieron sus condiscípulos: “César Caracas, Silvio Miranda que a los 16 años era un maestro, sus palabras se transformaban en colores y formas que nos asombraban a todos; tuvo una trágica y temprana muerte en el lago de Granada, donde a causa de su mudez se ahogó al no poder pedir auxilio. También Sobalvarro, Genaro Lugo, Leoncio Sáenz, Noel Flores y Arnoldo Guillén”, pasa lista don Rafa.
“Un día a la semana, salíamos en grupo a pintar paisajes al aire libre, en el barrio de Paraisito, donde, más que pintar, librábamos una batalla contra el viento huracanado y el polvo que se levantaba en una espesa y oscura nube que nos impedía ver. Nunca supe si los ricos matices pardos y ocres que aparecían en todos nuestros cuadros eran producto de nuestro talento o de las espectaculares arrastradas que el viento le daba a las telas; corríamos tras ellas tratando de evitar que se las robara”, rememora y quien lo oye no puede evitar que se agüe la mirada, como si en su rostro aparecieran, de pronto, dos de los tantos lagos de ese país amado por don Rafa.
EN LA COMPAÑÍA DE RODRIGO PEÑALBA
Muchísimo ha aprendido y poco ha cambiado desde entonces. El mismo brío empuja su mano, suavemente, aferrada a un carboncillo o a un pincel. Idéntica se mantiene en él la esperanza de forjar un mundo mejor. Pero, las fronteras de su imaginación no han hecho más que ensancharse, los límites de su mundo interior se desdibujaron por completo.
Mientras, la alegría de pintar es la misma, cada día y todos los días. Sin falta. Inmutable, como la caracola que el maestro Peñalba ponía a sus alumnos a dibujar una y mil veces, las curvas de las mujeres y los cerros se presentan en sus cuadros. La ciclistas, las jugadoras de cartas, Eva Luna, Amelia y la Gran Sultana, dan fe de esa sinuosidad con la que don Rafa se desliza haciendo aun más femenina a cada mujer que retrata.
Pero en esta muestra hay más: realismo mágico y sapiencia simbólica. Así, un gato —Turner— reina en el universo, el meteorólogo arrastra sus nubes, el torero confiesa su temor y sus ansias, el pájaro azul, lanza una mirada furtiva sobre los lagos, antes de decir adiós.
ENFRENTÓ A LA GUARDIA DE SOMOZA
Y es que de Nicaragua, don Rafa no se despedirá nunca, ni siquiera si lo echan. Así fue, cuando un enfrentamiento con la Guardia somocista dio al traste con su beca y su maestro lo incitó a quedarse, aun sin un cinco de respaldo estatal y con este presagio: “Me presenté en la Escuela de Bellas Artes para informarle a don Rodrigo mi retirada, pues me habían expulsado del colegio y mi carrera como pintor había terminado. Él me dijo algo que todavía permanece en mi memoria: ‘Rafa, usted puede ser expulsado, negado y hasta insultado, pero nadie puede robar su corazón de artista’”.
Se quedó, entonces —cómo no—, alquiló un cuarto en una pensión, la misma, en la que lo esperaba el amor, ese que, para él y para siempre, se llamará Myrna Tercero.
Don Rafa, vuelve ahora, cincuenta años después, acompañado de doña Myrna y de los hijos que les nacieron mientras tanto, procurando que el recorrido sea menos arduo, seguro de que la expedición será igual de provechosa y placentera. De que, Nicaragua, lo recibirá como a un hermano y lo hará feliz con su hospitalidad, sus lagos, su gente.
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