Humberto Belli Pereira
¿Qué necesita Nicaragua para convertirse en la sociedad democrática y próspera que todos deseamos pero que parece eludirnos? ¿Qué necesita para que reine en ella la justicia y la ley en vez de la corrupción y los fraudes?
Durante las décadas revolucionarias de los setenta y ochenta muchos nicaragüenses pensaron que la respuesta estaba en botar la dictadura. Otros, más ideológicos, pensaron que era también necesario cambiar las estructuras sociopolíticas. Pero eran espejismos, productos de la ignorancia y teorías falsas.
Como la mentira nunca da buenos frutos vino la pesadilla y con ella el naufragio del falso optimismo. Luego vinieron las elecciones de 1990, en que la oposición accedió al poder por los votos y no por las balas, y renació la esperanza. Más aún cuando se logró la hazaña de profesionalizar los cuerpos armados y que surgieran, por primera vez, poderes del Estado relativamente independientes. Parecía, al fin, que Nicaragua maduraba y se encaminaba hacia la democracia y la paz duradera.
El nuevo optimismo no duró mucho. Alemán primero, y Ortega después, demostraron lo frágil que era el nuevo andamiaje democrático y la persistencia de los viejos vicios políticos: la corrupción, el autoritarismo y la subordinación del Estado a intereses partidarios. Vino entonces la desilusión en que nos encontramos ahora y con ella la tentación del desaliento.
Pero pensar que el país no tiene remedio es otra mentira tan falaz y dañina como las causantes de las pasadas catástrofes. Porque no es cierto que estemos condenados a movernos en círculos y que sea inalcanzable la sociedad deseada. El cambio hacia lo mejor es posible, tanto al nivel de los individuos como las naciones. Pero para lograrlo es preciso encontrar primero el camino que conduce al bien social e individual y perseverar en él.
En el reto que nos ocupa, de cómo cambiar Nicaragua, es preciso remachar la vieja pero olvidada verdad, de que la ruta segura para mejorar una sociedad es mejorar a los individuos que la componen. Para lograr una Nicaragua decente se necesita formar hombres y mujeres decentes. Las crisis de gobernabilidad que han afligido nuestra historia son reflejo de nuestro déficit crónico de buenos ciudadanos.
La sociedad que anhelamos no la producirá el Canal sino jóvenes y ciudadanos éticos, competentes y decididos a renovarse y a cambiar el mundo. Las riquezas petroleras no han sacado a Venezuela y a los países árabes de su postración. Cuidado que más bien la han empeorado. El dinero puede ser bendición en manos buenas y responsables y maldición en manos de villanos.
Desafortunadamente, es poco lo que se hace a favor de la buena formación. Muchos recursos y energías humanas se dedican a la excelente tarea de capacitar ingenieros, administradores o técnicos, o a que los niños aprendan a leer y escribir. Pero es mucho menor el esfuerzo orientado a cultivar las virtudes y valores que forman hombres y mujeres buenos. El sistema de educación pública apenas lo hace. El grueso del esfuerzo, tan excelso como poco reconocido, recae en algunos padres y madres de familia en sus hogares y en las iglesias cristianas, particularmente a través de sus escuelas.
Es necesario revisar nuestras prioridades y asumir con entusiasmo la tarea de formar mejores personas buscando que ocupen puestos de liderazgo en todas las órdenes de la sociedad. Nada iguala a esto. Nada le gana en importancia. Ninguna estrategia de cambio es mejor.
El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.