Vladimir Vásquez
Fotos: Óscar Navarrete
Cuando llega el primero de agosto, María Mercedes Salazar saca el colorante de ladrillo, se lo aplica con calma en el cuerpo y desempolva el traje de cacique que lleva usando desde hace casi siete años. La fiesta en honor al santo patrono de Managua inicia. Camina desde el Mercado Oriental hasta la iglesia del santo, todo para cumplirle una promesa que le hizo a su hija antes de morir: que mantendría viva la fe.
En ese tumulto también anda Luis Alfredo Corea, de 47 años, quien en el Servicio Militar estuvo a punto de perder su pierna, pero ahora, por herencia de su abuela y el cumplimiento de la sanación, se viste de Cacique Menor para honrar su deuda con el santo, aunque se endeude para poder disfrazarse. Pero este compromiso tiene fecha de caducidad, “hasta que la tierra nos reclame”, dicen ellos.
Eso mismo piensa Guillermo de Jesús Zapata Carranza, quien lleva 55 años de pagar promesa. Una hernia que lo hacía “revolcarse del dolor” pudo ser controlada con la ayuda de una “señora”, quien lo llevó a un centro hospitalario y el favor de “Minguito”. Es diabético y no puede ser operado, pero sigue con vida y eso le basta para que año con año le rinda tributo a Santo Domingo.
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